sábado, 11 de diciembre de 2010

Renuncias


María y Rosa tienen mesa reservada al fondo del restaurante. Es una mesa de dos, que les guardan todos los jueves. A ambas les gusta ir a comer juntas y solas. Nada que ver con las comidas llenas de restricciones que hacen con sus respectivas familias, cuando las van a buscar a la residencia.
Van hablando sobre los estudios universitarios para la tercera edad. Depositan sus bastones en el rincón y se sientan con cierta torpeza.
Mientras se acomodan con ilusión, les preparan los montaditos. Ni los han de pedir: el camarero lleva cuatro en cada plato, abre una botella de vino, les sirve y se dispone a tomar nota. Apunta para no olvidarse, no porque tenga mala memoria, sino porque conoce a las “insaciables abuelas”, como él las denomina. Ese día no es una excepción.
Ya a solas, María interrumpe la conversación para interesarse por la comida.
–Tienen buena pinta. Ese de paté me está diciendo: ¡cómeme!
–Pues te vas a llevar una sorpresa, porque no es paté solo.
María lo degusta con detenimiento mientras mira a su amiga.
–Tienes razón, bajo esa capa hay otra de sobrasada.
–Y además lleva trocitos de huevo duro –añade Rosa, contenta por haber sido la primera en hacer el descubrimiento.
–Muy original, pero me sigo quedando con este de ibérico. La grasita me recuerda al tocino del pueblo de mi marido, que en paz descanse, que yo ya lo hago sin él.
Se ríen traviesas y brindan.
Al poco rato, el camarero deposita una bandeja con cuatro sepias a la plancha. María la acomoda entre las dos, coge una de las sepias y se la sirve en el plato.
–Volviendo a lo de antes, ¿y por qué no seguiste estudiando? –le pregunta a Rosa.
–Mi madre me necesitaba. Éramos ocho hermanos y yo la única chica, así que ya te imaginas a quién le tocó ayudar en casa.
Rosa responde al tiempo que unta una patata brava en la salsa y se la lleva a la boca justo al terminar la frase. María va asintiendo con la cabeza mientras la escucha, luego se explica ella también.
–Yo lo intenté, pero a mi padre le pareció una pérdida de tiempo. Juanito, mi hermano, ya sabes, fue el único de la familia que estudió para médico. Se suponía que al resto, como éramos chicas, nos mantendrían nuestros maridos.
El camarero se acerca de nuevo con una bandeja rebosante de calamares a la romana y retira la anterior ya vacía.
–¡Mantenerme mi marido…! Si no hubiera sido por los años que me tiré cosiendo…
–Y yo en la tintorería.
–Pues eso.
–¿Puedes traer más alioli, muchacho?
María hace su petición disponiéndose a dar buena cuenta de los aros rebozados.
–Están tiernos –dice con la boca llena.
Y Rosa la mira con sus ojitos risueños cercados de arrugas y le pasa el cuenco de patatas.
–Come bravas, que se enfrían.
Se mete un calamar entero en la boca. Su cara se ilumina.
–Pues es verdad, están en su punto. Aunque ahora, con el fijador que me recomendó el médico, no se me mueven los dientes muerda lo que muerda.
–Es que el doctor Roca es un cielo. Por cierto, ¿cómo te ha salido el colesterol?
–Por las nubes –responde Rosa, bañando otra patata en la salsa rosa–. Vamos a hacer corto –concluye.
–Ahora nos traen el alioli –apunta María untando la suya y retomando la conversación–. Intenté estudiar cuando mis hijos crecieron, pero no pude me combinar el horario. A Juan no le gustaba llegar a casa y que yo no estuviera. No veas cómo se ponía si no encontraba la cena lista.
–Vamos, que la cosa se quedó en agua de borrajas.
–Eso mismo.
–Pues parecido me pasó a mí, porque al quedarme viuda, empezaron a llegar los nietos y ya me tienes ahí, durante siete años, haciéndome cargo de ellos la mayor parte del día.
–¿Quieres limón?
–Sí, pásamelo.
Han empezado a hablar con frases cortas, intercalando novedades pero sin extenderse para no perder bocado. En poco rato han dado buena cuenta de la tercera bandeja y el camarero se acerca ya con la siguiente, junto con el alioli.
El joven realiza la misma operación. Retira la bandeja vacía y coloca en su lugar una aromática fuente llena de pulpitos salteados con ajo y perejil en abundante aceite. Antes de retirarse rellena las copas de vino.
–Umm... –dice María–. Esta combinación de pulpitos con alioli es genial.
–¿Y a ti qué te han dicho? –pregunta Rosa.
–Que tengo que hace dieta para bajar los kilos que me sobran.
–Ya, lo de siempre –responde Rosa sirviéndose en el plato–. Y claro, te habrá restringido la sal…
–Efectivamente. Me ha prohibido la sal, los fritos y el alcohol.
–Lo de siempre –vuelve a apostillar Rosa antes de beber.
–¿Qué te han prohibido a ti? –pregunta María con sorna.
–La sal y el azúcar. ¿Te imaginas?
Ríen de nuevo, con una carcajada algo contenida para no atragantarse. A Rosa le tiembla un poco el pulso al dejar la copa en la mesa. Después, le hace un gesto al camarero para que se acerque.
–Raúl, hijo, guárdanos los pastelillos de crema con arándanos, que son los primeros que se acaban.
–Tranquilas, doña Rosa, ya los tengo reservados y además el cocinero dice que les agradecería mucho su opinión sobre un nuevo postre con chocolate blanco que ha creado.
–Faltaría más. Con todo placer. ¿Verdad, María?
–¡Faltaría más!
Rosana Román



3 comentarios:

  1. estas me receurdan a mi los jueves cuando estoy en la terapia de mi hijo
    las madres intercambiando las informaciones y diagnçosticos de los niños,
    en fin, no es mas que un mero pasatiempo que une a la gente

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  2. Jo se han puesto como el quico, hacen bien que disfruten de la vidaa mientras puedan y se desquiten de la vida sacrificada que parece ser que llevaron ¡olé por ellas!

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  3. Este relato me ha despertado cierta ternura. Mis abuelas no son/han sido/fueron nunca así, pero aun así me la han despertado.

    Es fácil de sentirla, o por lo menos eso creo. Por la sencilla razón de que es un excelente relato que sabe despertar emociones muy positivas. Al menos, a mí me lo parece.

    Así que, mis felicitaciones a Rosana.

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