Father Mother Sister Brother


Hay algo profundamente revelador, y preocupante, en la manera en que cierta crítica contemporánea se aproxima al cine de Jim Jarmusch. Basta con que firme una película para que el análisis se suspenda y entre en funcionamiento el aplauso reflejo. Da igual lo que haya en pantalla: el nombre precede al juicio, y el prestigio actúa como salvoconducto. El resultado es un panorama crítico empobrecido, donde cuestionar a un autor consagrado se percibe casi como una falta de educación cinéfila.

Father, Mother, Sister, Brother es un síntoma claro de ese desastre. No tanto por lo que la película es un ejercicio de vacío narrativo,sino por lo que la crítica dice que es. Se la ha elevado a categoría de obra “importante” sin pasar por el trámite, aparentemente prescindible, de explicar por qué. Se aplaude la incomunicación, el silencio y la repetición como si fueran virtudes en sí mismas, cuando no son más que coartadas estéticas para no contar nada.

A partir de aquí, la película no hace sino confirmar esa sospecha: que estamos ante un cine sostenido más por la fe que por el texto, más por el respeto reverencial que por el talento en activo. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es solo del director. Es de todos los que prefieren aplaudir antes que mirar la pantalla con un mínimo de honestidad intelectual.

Father, Mother, Sister, Brother es el ejemplo perfecto de cine que vive del prestigio acumulado y no de lo que muestra en pantalla. Una película celebrada por la crítica más perezosa, esa que confunde reverencia con análisis.

Conviene recordar que esta película ha sido rechazada en Cannes por no ser interesante, lo cual ya es bastante elocuente. Cuando incluso el templo del aburrimiento con pedigree te cierra la puerta, quizá convenga hacerse algunas preguntas.


Se nos presenta como una obra sobre la incomunicación. Estupendo. ¿Y? Para transmitir eso con mayor honestidad bastaba con proyectarla en silencio absoluto y colgar en la entrada un cartel que dijera “conceptual”. El efecto habría sido el mismo y el espectador se habría ahorrado la sensación de estar asistiendo a un castigo autoimpuesto. Jarmusch vuelve a confundir vacío con profundidad, mutismo con discurso y tiempos muertos con cine de autor. El resultado es un ejercicio de sopor elevado al cubo, donde el espectador no es interpelado sino anestesiado.

La estructura episódica no ayuda, porque no hay material narrativo que justifique ni una sola de las historias, salvo la primera, que al menos insinúa algo parecido a una idea. Lo que viene después es una caída libre hacia la nada (literalmente).


La segunda ya muestra síntomas claros de agotamiento creativo, y la tercera roza lo grotesco por inanición: aburrida hasta extremos que hacen que uno empiece a desear activamente que termine cuanto antes. Para cuando arranca la última, el hastío no solo está instalado, sino que gobierna la experiencia. El espectador no espera un cierre: implora la liberación.

Se percibe perfectamente qué pretende el director. Ese no es el problema. El problema es que no lo consigue de ninguna forma. No hay progresión dramática, no hay tensión, no hay conflicto, no hay riesgo. Solo una sucesión de escenas inanes filmadas con la suficiencia de quien cree que su apellido todavía basta para justificar cualquier cosa que ruede.

Esto no es austeridad expresiva, es desidia envuelta en prestigio. No es minimalismo, es pereza elevada a dogma. Y no es cine contemplativo: es cine que contempla cómo el espectador se desconecta sin mover un músculo. Jarmusch parece filmar en piloto automático, confiando en que el aura de autor haga el trabajo que el guion se niega a hacer.


Los personajes, lejos de generar empatía, resultan abiertamente irritantes, y no por provocación consciente, sino por una escritura torpe que ni la dirección ni las interpretaciones saben salvar. El último segmento, que debería cerrar el conjunto con algún tipo de resonancia emocional, es precisamente el más exasperante: actuaciones deslavazadas, diálogos sin gracia y una sensación final de golpe seco, de película que se apaga sin haber encendido nada antes.

Jim Jarmusch parece atrapado en un estilo tardío rígido, repitiendo fórmulas que ya no funcionan (en esta película los vasos de agua y las tazas de té...), confiando en que el prestigio haga el trabajo que el cine se niega a hacer. La película aspira a decir algo universal sobre la familia, pero su rigidez formal y su falta de emoción genuina la dejan en tierra de nadie: ni íntima ni reveladora, ni ligera ni profunda.

Una película que exige paciencia, pero no ofrece nada a cambio. Se puede ver, eso si, porque la primera historia aún recuerda, muy de lejos, que hubo un tiempo en el que Jim Jarmusch tenía algo que decir.


Que nadie espere un giro, una revelación o siquiera una mínima recompensa narrativa al final del metraje. No la hay. Las historias no convergen, no dialogan entre sí ni construyen un sentido común más allá de la reiteración machacona de la misma idea: la incomunicación como excusa para no contar nada.


La tercera historia merece mención aparte por lo que representa: un tramo de película que parece diseñado para poner a prueba la resistencia del espectador, donde el tiempo se dilata sin propósito alguno y cada escena añade exactamente cero información nueva. Es cine convertido en ejercicio de aguante.

 

© Trecet

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mi vecina la divorciada

Voy a pasármelo bien.

Sirat