martes, 1 de febrero de 2011

DE SAN PEDRO A SAN JOSÉ


Cuando menos nos demos cuenta estaremos en cuaresma, y en un soplo, será lunes santo. Pero éste se diferenciará del pasado, en que no tendrá a Enrique Morente cantando en el patio de Las Comendadoras de Santiago, una versión personal y sublime de la marcha “Amarguras” de Font de Anta, acompañado de toda su familia y amigos. El viejo convento de Las Comendadoras, abierto en vértice a la calle de Santiago, no podrá gozar de la creación libre y espontánea de un genio del flamenco de todos los tiempos, que metió como nadie los ayes jondos, entre las cinco líneas de los pentagramas más clásicos e ilustrados. Jamás volveremos a vivir- los que hemos tenido el privilegio de hacerlo- esas íntimas llamadas de los capataces a sus costaleros, en el kilómetro cero del granadino camino de Santiago, comprobando como llevan el compás de la saeta “morentiana”, el olivo trasplantado a la cañonera, desde la finca de Los Mora, o los borlos de las caídas del palio azul amargura. Los Morente Carbonell, cofrades de lujo de un barrio del Realejo, que los mima con cariño, son siempre generosos con las buenas gentes del Huerto de Los olivos, acogedoras y cariñosas, que desde el primer momento han sabido valorar en toda su magnitud, la entrega del inolvidable cantaor, su mujer e hijos, a ésta advocación a la que, no sólo han hecho donaciones importantes desde el más estricto anonimato, sino que en los últimos años, han entregado lo mejor de su creación artística, haciendo de los regresos al templo por la calle del apóstol mata moros, instantes irrepetibles, que sólo los elegidos han podido gozar en plenitud de los sentidos. Penitentes, costaleros y camareras de La Amargura, forman junto a Los Morente, una piña cofrade en abrazo de Hermandad, fuera de oportunismos, novelerías, o fotos para el papel couché. Lo suyo es una militancia cofrade sincera, nacida del corazón y siempre vivida fuera de los focos, dando una imagen ejemplarizante, de seres humanos sencillos, que viven su fe y amistad, en el círculo de sus afines, sin pretender trascendencia pública, de lo que es su inviolable intimidad humana.

La primera noche que escuché a Morente cantar una saeta, era muy avanzada la madrugada del Viernes Santo, y junto a unos amigos, nos habíamos apostado en el paredón que continúa a Los grifos de san José, frente a la Iglesia del campanario mudéjar, en el espacio que los albaycineros siempre hemos llamado, la Placeta de Doña Pura, porque allí estaba el colegio donde muchos de nosotros aprendimos las primeras letras en El Catón. Allí, como un ser cerúleo del otro mundo, en la penumbra de las estrellas apagadas, los lirios encendidos y los cuatro hachones humeantes de amarillenta y mortecina luz, unos aguerridos artilleros, de impecable uniforme caqui y acharoladas botas, horadaban la cuesta aproximándose con el Cristo del Silencio muerto hasta la puerta. En ese instante sobrecogedor, el golpe seco del martillo, paró el paso marcial de los portadores, y en su lugar firmes, el Cristo de La Misericordia y nosotros, escuchamos la saeta más hiriente de la historia, de la que no es ajeno Federico, en las cuerdas vocales de un Morente barbilampiño, que partió en dos el velo de la noche albaycinera, de san Pedro a san José, porque los saeteros están ciegos. Jamás ni vivos ni muertos podrá olvidar esos minutos de gloria, en los que todos soñamos en silencio, que estábamos en el paraíso, donde ahora junto a Él mora eternamente. Mi esperanza en que desde allí, le dicte a alguien cercano- tal vez a ¿una Estrella?- lo que de su arte tenía el maestro pensado ofrecer a La Virgen de su Amargura, el día mismo de su coronación canónica, y que un día desayunando solos en el hotel del Puerto de Cartagena, a la espera de su actuación estelar en La Unión por la tarde, me contó como proyecto de incalculable trascendencia, bajo secreto de amistad, pues en ese momento, como en tantos otros, no hablaban un maestro del cante con un periodista aficionado al arte andaluz, sino dos niños de La Calderería, que tantas cosas han compartido en la Cuesta de San Gregorio.

Hay sitios a los que desde que él no está, no he podido volver. Al Bar Provincias, mi antiguo piso de La Calle Concepción, al salón de Caballeros 24, donde inauguramos las actividades de la Cátedra de Flamencología de la Universidad de Granada, que nos encargó Juan José Ruiz Rico, a El Sota, Los Altramuces y La Esquinita. Todavía no he tenido el valor de enfrentarme a su tumba, y eso que está a dos pasos de mi otro admirado “Frasquito Yerbagüena”, tendré que cogerme del brazo de otro de sus amigos, mi hermano Falo, y en su compañía pasar el mal trago, del dolor intenso de su ausencia. Sé que mientras no vaya a su sepultura, puedo albergar la esperanza de que suene mí teléfono, o de vernos por el barrio a tomar un vino, aunque pasen meses y meses, o en La Alameda de Hércules sevillana, en aquella terraza de tantas madrugadas, riéndonos de las críticas de Manolo Martín, o diciéndole a Jesús Antonio Púlpón, en el Pub América del Loco de La Colina, que no volvería a representarlo. De eso ya están hablando los dos, en El Tablao de La Gloria, que un día monto otro albaycinero... Benítez Carrasco
publicado por tito ortiz

1 comentario:

  1. Está muy bien escrito. Me ha gustado mucho. Quizá no sepa lo que es eso, pero me lo puedo llegar a imaginar. Además, ese toque andaluz se nota mucho... Soy de media sangre andaluza, así que me he dado cuenta enseguida... Y no porque la acción se sitúe en Andalucía.

    En fin, Tito, gracias por escribir algo tan bonito, de verdad.

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