martes, 4 de marzo de 2014

Hallo


Clara conoció a Thomas Larsson durante el viaje de fin de estudios que organizó el instituto, en el albergue para estudiantes de un barrio a las afueras de París. Thomas no era estudiante, sino el chofer que acompañaba a un grupo de suecos recién licenciados en odontología.
Se enamoraron y durmieron en el interior del autocar.
A la mañana siguiente los suecos salieron de regreso a Upsala y Clara le contó a Rosa que creía haber encontrado al amor de su vida y que iba a gastarse en teléfono lo que tenía y lo que no.
Llamarle mientras duró el viaje le costó no comprar recuerdos para su familia, pero antes de cruzar la frontera consiguió un préstamo para el peluche que le había prometido a su hermana pequeña.
Ya en Barcelona intentaba no telefonear a Thomas desde su casa para evitar problemas con su padre cuando llegase la factura. Pero a veces no podía resistir la tentación y se levantaba a las cinco de la madrugada para marcar el número y decirle solamente buenos días.

Le llamaba desde cabinas callejeras o desde el interior de algún bar. Casi nunca podían mantener una conversación larga, se le acababan las monedas.
Robaba a su madre paqueñas cantidades del monedero de la compra, vaciaba las huchas de sus hermanos y acabó metiendo mano en el bolsillo de su abuela, que dejaba ahí la calderilla.
Pero no era suficiente, telefonear a Suecia era muy caro.
Consiguió un trabajo como dependienta en una pastelería, solo los domingos por la mañana. Al salir se gastaba la paga en una sola llamada y luego se culpaba por ser tan poco previsora y sudaba de angustia pensando en cómo conseguir dinero para escuchar la voz de Thomas Larsson durante la semana.
Un lunes por la tarde jugó y perdió en una tragaperras. Necesitaba decirle que le quería por tercera vez , solo dos te quiero eran poca cosa.
Le suplicó al dueño del bar un préstamo y cuando él se negó se lo pidió a los clientes de la barra. Uno le dijo a cambio de qué y ahí se le abrió el cielo y al mismo tiempo las puertas del infierno. Desde entonces podía llamar varias veces al día. Y lo hizo.
Cuando llegó navidad Thomas le dijo basta, no more calls, Clara. Se acabó.
No le creyó o no quiso hacerle caso. Siguió telefoneando hasta que le obligó a cambiar de número. Pero ella le localizó en el listín telefónico internacional y siguió llamando para saber por qué, qué había hecho mal.
Thomas borró su nombre de la guía.
Clara preparó oposiciones y consiguió un empleo de operadora en Telefónica de España.
Fue despedida al cabo de un mes por fraude a la empresa. Se dedicaba a llamar uno a uno a los usuarios de Upsala para distinguir entre todas las voces que respondían hallo, la de su antiguo amor.

MARIA GUILERA

3 comentarios:

  1. Un cuento del siglo pasado.Qué anacrónicos los detalles del relato, qué rápido ha pasado el tiempo sobre cabinas telefónicas y llamadas que arruinan.
    Gracias de nuevo por traerme aquí.

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  2. He querido, con la ilustración y tu permiso, espero, ponerle "fecha".......
    Petóns, marieta

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  3. A veces el autor se permite licencias o tal vez se esconde tras ellas, solo el/ella sabe hasta que punto lo real es ficticio y viceversa. Nunca lo sabremos.
    Puede jugar con un nombre, un lugar, un viaje,una ilusión, un fracaso... pero lo que verdaderamente importa es imaginar o vivirlo y después contarlo como dice nuestro bien amado GABO

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