Salando el campo de batalla




A la magistral interpretación de Bill Nighy y Helena Bonham Carter, se añade el rigor a la hora de reconstruir, encubriendo nombres y hechos, como es lógico, el itinerario de Tony Blair en su relación con la trama norteamericana de los centros de internamiento ilegales y las torturas que en ellos se practicaron bajo la administración Bush a raíz de los atentados terroristas de Nueva York y Londres.
Las dos entregas anteriores de la trilogía ("Page Eight", traducida como "Entre líneas"; y "Turks & Caicos", traducida como "Islas turcas y Caicos") son igualmente espléndidas y resultan imprescindibles para entender la trama de ésta última.


Las interpretaciones de todos los actores son perfectas, con un Bill Nighy que ha encontrado por fin la obra que le ha permitido mostrar su enorme carisma y su talento para encarnar la elegancia, astucia y audacia que se suele asociar a la imagen del gentleman inglés, potenciada por el misterio del agente secreto;

Helena Bonham, un poco rellenita, encarna sin embargo perfectamente la sensualidad y sagacidad de una mujer inteligente y sensible, a falta de erotismo morboso, tal vez debida a la índole televisiva del producto; la aristocrática Olivia Williams presenta un personaje fuerte y creíble, en la periodista del Independent; Judy Davis, al igual que en la primera entrega de la saga, incorpora con poderío a la artera dirigente del MI5;

igualmente, Saskia Reeves propone un personaje astuto y precavido, en un cambio de género que sustituye a su modelo Gordon Brown; el inefable Ewen Bremner también halla un personaje donde insertar su físico tan poco versátil, más allá de los personajes marginales y estrafalarios en los que se le suele encontrar; Ralph Fiennes, por su parte, aquí controla su habitual histrionismo que, no obstante, le sirve para dar un matiz siniestro al Primer Ministro, alejándolo del sonriente Blair en el que se inspira el personaje.



En los dos capítulo finales se echa un poco de menos la presencia de la guapa Raquel Weisz que interpretaba al ambiguo personaje de Nancy Pierpan en la primera entrega. Asimismo, en la segunda, Christopher Walken y Wynona Ryder demuestran cuanto han ganado como intérpretes con la edad.
El argumento es complejo y requiere una atención constante, mejor una doble visión, para no perder el hilo. El director desde luego no lo pierde y la historia está perfectamente contada sin cabos sueltos ni errores, pero la trama es densa.


La misma eficacia cinematográfica se halla en la ambientación, los personajes secundarios y los diálogos.



Además del interés de la narración como película (la verdad es que al acabar la saga quedan ganas de empezar de nuevo a verla, por el enganche que tiene y la satisfacción de contemplar tan buen trabajo artístico en todos los niveles) lo que destaca también es el rigor con el que los autores de la novela y el director han sabido recrear los avatares políticos ingleses de la última década. Uno lamenta que la honestidad -o la coherencia y vergüenza torera de dimitir cuando los pillan con el carrito del helado- que se aprecia en los personajes, trasunto verosímil de las personas que los inspiran, no se puedan ni rastrear entre la clase política española.



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