La niebla y la doncella


El paisaje como una imagen que no refleja el exterior, sino el interior que se revela en el exterior. En 'La niebla y la doncella', el paisaje exuberante y escarpado de La Gomera sirve, precisamente, de eco de los recovecos de una sociedad que, en su aislamiento, se sostiene en frágil estabilidad sobre un 'statu quo' al margen de todo lo demás, invisibles e incomprensibles frente a la mirada del que llega de fuera. Eso que tiene la insularidad —sin limitarse a la acepción puramente geográfica— de trampantojo, de que parezca que se mira hacia fuera cuando en realidad, aunque sea de reojo, uno siempre mira hacia dentro.



Lo mismo que la aparición de una persona asesinada no es solo la inercia de un cuerpo humano, sino también el reflejo de las estructuras sociales que en su momento lo rodearon. En su primer largometraje como director, Andrés Koppel —guionista de 'Zona hostil' (2016) e 'Intacto' (2001), entre otros títulos— adapta la tercera entrega de la saga editorial protagonizada por Bevilacqua y Chamorro, la pareja de guardias civiles que han convertido a Lorenzo Silva en un 'bestseller' editorial y uno de los referentes de la novela negra española. Y Koppel utiliza ese cadáver que aparece abandonado en el arcén de la carretera como puerta de entrada a una red criminal que corrompe las entrañas del paisaje con el aparente beneplácito de muchos de sus habitantes.


Y el paisaje lo es casi todo. En la primera secuencia —que promete, y mucho—, una pareja de la Guardia Civil persigue, de noche y bajo una espesa niebla, un coche por la carretera serpenteante. La imagen, lo suficientemente nítida para intuir, lo suficientemente turbia para intrigar.



Un comienzo entre fantasmagórico y efervescente —aunque 'a priori' parezcan contrarios, la mezcla funciona— que provoca la llegada a La Gomera de los dos protagonistas principales, el sargento Bevilacqua (Quim Gutiérrez) y la cabo Chamorro (Aura Garrido), con la misión de ayudar a las fuerzas de seguridad locales a resolver el homicidio. A partir de ahí, el hilo del que irán tirando junto a la agente Anglada (Verónica Echegui) destapará una red de corrupción de menores, chantaje, tráfico de drogas y sabe Dios qué más, cuyas raíces de adentran en la propia idiosincrasia de los habitantes de una pequeña población.


Y sabe Dios qué más, porque el principal problema del que adolece 'La niebla y la doncella' es que, a medida que avanza la investigación, más farragosa e imposible resulta la narración, sin que el director consiga componer un mapa de situación ordenado y obligando a los personajes a recurrir a una explicación final para que el espectador comprenda hacia dónde le han llevado los 104 minutos de película. Un monólogo final que, además, plantea de nuevo más interrogantes que respuestas y que acaba hundido en las farragosas aguas de la urgencia y la inverosimilitud, una falta grave en un 'thriller' del tipo 'whodunit': la gracia, al fin y al cabo, es jugar a pillar al asesino.


También sorprende, quizá por este desorden narrativo, la 'salida' de alguno de los personajes que acaba resultando 'anticlimática' y caprichosa, como una necesidad argumental artificial y poco orgánica.

No es tampoco muy comprensible por qué, en un momento determinado, y a pesar de que el filme intente justificarlo —'excusatio non petita accusatio manifesta', que se dice—, el desarrollo de la trama separa momentáneamente a la pareja de investigadores, ni por qué los agentes son incapaces de descubrir fácilmente, en una localidad pequeña en la que todos se conocen, quién es la mujer de la moto, entre otros agujeros de guion llamativos.


Koppel dibuja, además, unos Bevilacqua y Chamorro cuya relación es también ambigua. Entre el cuarteto protagonista —si a los anteriores les añadimos el teniente Nava de Roberto Álamo—, el director quiere remarcar una tensión entre sexual y paternalista que si en uno de los casos ayuda a la trama, en otro resulta contraproducente. También es interesante cómo se subvierten los roles prototípicos de la novela negra con un protagonista masculino más sensible y temeroso que su compañera mujer, a la que Garrido dota de un carácter pragmático y dominante, sin llegar a masculinizarla.

Sin embargo, entre ellos hay algo que no fluye. Probablemente, la química. Garrido, Gutiérrez y Echegui no llegan a conectar, y la falta de calor en la relación entre sus personajes conduce a la sensación de que estos actúan de forma errática, sin saber muy bien lo que quieren unos de otros.
Pero, de nuevo, es en el paisaje —los planos del mar, de la vegetación, de las carreteras—, en la elección de los personajes secundarios, en el retrato de las pequeñas rutinas locales, en la capacidad de captar la esencia de la singularidad del lugar, donde el realizador se mueve con más tiento.



El organigrama de la isla, representado por la autoridad 'extranjera' —son 'godos', foráneos—, los locales y la turista alemana que, a su manera, ha conseguido integrarse sabiendo detectar y adoptando las particularidades del lugar. También ha sabido llevar una historia nacida en tiempos previos al 'boom' de internet —la novela se publicó en 2002— a la hiperconectividad contemporánea, un recurso que juega como contraste de esa idea de insularidad. Una pena que de una idea de partida interesante, la sensación que persista es la de una buena historia mal contada, una posible buena película frustrada.


MARTA MEDINA

Comentarios

Entradas populares de este blog

Haikus de Muerte

Pakt (El pacto)

Ben Is Back (El regreso de Ben)