True Detective III


True Detective es y siempre será True Detective
Recién terminada, siguiéndola semana a semana pegada a su estreno, el sabor que me queda es pastoso, algo salado, denso, como cuando fumas demasiado pero no lo suficiente. Sí, es cierto lo que se dirá de esta temporada, que retoma la senda de la primera; pero esa senda conduce ahora a un mundo muy distinto, más oscuro si cabe. Más oscuro por menos excitante, más contenido, menos carismático. En ningún caso peor, siempre que el ritmo y el impacto no lo sean todo para ti; siempre que estés dispuesto, como Wayne, a adentrarte en lo salvaje, en la naturaleza sin tapujos, armado solo con una mirada.


Si no eres de esa clase de espectador, lector, en fin, persona, entonces esta crítica no es para ti. No sigas leyendo.


El caso que siguen nuestros dos detectives en esta temporada tiene un arranque difícil, porque quiere recordar a la primera temporada (los muñecos, la santería, la iglesia y el abismo entre el mundo de la ley y la naturaleza salvaje). Esto hará que muchos desistan y abran la bocaza antes de tiempo. Otra pálida sombra, dirán. Me alegra saber que no soy como ellos.



Cada capítulo contiene una espiral de tiempo, como aquella que tenía Dora Lange pintada en la espalda. Es como si no nos interesara el presente, demasiado desalentador con todo ese olvido y esa ansiedad por lo olvidado. El cuerpo nos pide velocidad, pero sin memoria no hay movimiento que manifieste aceleración alguna. Es un problema jodido, y la incomodidad que nos produce demuestra su gravedad y lo poco dispuestos que estamos a pensar a lo grande (quiero decir, más allá de la diversión y el narcisismo).




Pero en esa espiral encontramos motivos para alzar todavía los brazos en busca de algo a lo que aferrarnos. Los detectives siguen las pistas, los hechos, pero resulta que ahora los hechos son poco interesantes y preferimos la evasión por medio del romance o la violencia. Pizzolatto siempre sabe cómo mantener al público a raya, al menos al público que no quiere que sea el suyo.


Y espiral arriba y abajo, saltos de 10 o de casi 20 años, o aunque sean unos días, nos encontramos de golpe metidos en la piel de Wayne Haze (magistralmente interpretado por Mahershala Ali, en un espectáculo de contención, realismo y ternura). ¿Qué le ha pasado a este hombre? Sorpresa: nunca lo sabremos. El caso, como él mismo termina por comprender, es un gran secreto en torno al cual orbita su vida. Podremos descubrir el secreto del caso, o casi, pero ya es tarde para comprender lo que ha hecho de una vida; de varias vidas, de muchísimas vidas, pero sobre todo de tres.


La música quizá acompañe menos que en las anteriores entregas de la serie, pero tampoco es que no esté presente: la elección tanto de la «theme song» como de la «outro» siguen dando en el blanco.
Los actores siguen superándose a sí mismos, capítulo a capítulo, cigarro a cigarro, lágrima a lágrima. En Bojack Horseman parodian el asunto: las series de detectives duros, oscuros y angustiados son como sogas de rescate para actores pasados de moda o en riesgo de encasillarse.



Es una buena parodia precisamente porque da en el blanco, al menos True Detective. Cada actor y actriz que pasa por su reparto consigue una corona de laurel, incluidos los personajes más secundarios y aparentemente prescindibles. Es como una orquesta donde cada uno ejecuta su función de forma perfecta, el tipo del triángulo incluido.


Y esta idea puede extenderse a la totalidad del equipo, es decir, a los cimientos de la serie. Por eso no me asusta hablar de obra maestra de la televisión, porque ni ahora ni nunca ha perdido pie con el fondo de las cosas, ni tampoco ha dejado de surcar grácilmente la superficie.


Pero, en fin, creo que con esto es más que suficiente. Dejando tanta metáfora y tanta ostentación e imitación de lado, es una serie magnifica, cada temporada nos revela un aspecto nuevo del género noir, una problemática filosófica distinta, compleja, bien elaborada y concretada en ocho capítulos sobre una investigación criminal, unas interpretaciones mesuradas y elegantes, amén de su estética, marca de la casa, que pese a mantenerse siempre en su universo, nunca se repite


El resultado podrá gustar más o menos, según lo que a cada uno le interese (siempre dentro de esa minoría cuyo interés ha sido conquistado y no impuesto), pero hasta ahora, siempre ha sido elegante, sutil y hermoso.


Una vez más, gracias señor Pizzolatto.
Tony_clifton

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