lunes, 6 de junio de 2011

Estados de ánimo

Estaba harto del mundo. Se había cansado de él. Se había cansado de recibir patadas de todo el mundo, de que todos lo utilizaran. Su mujer lo había dejado después de utilizarlo durante años como su banco particular, y si por si eso fuera poco había conseguido, a base de mentiras, que el juez le concediera la custodia de su hija, a la que no le hacía ningún caso, sólo para que de esta forma tuviera que pagarle una pensión alimenticia, que después malgastaba en ropa. Tras su divorcio buscó apoyo en sus amigos, pero descubrió que durante el tiempo que estuvo casado los había perdido a todos, normalmente por causa de su ya ex-mujer. Al final todo esto lo acabó llevando a una depresión. Que estaba pasando por una depresión lo sabía bien, a fin de cuentas era psicólogo.
Lo peor de la situación era que no era capaz de afrontar sus propios problemas, y además tenia que escuchar los de sus clientes y ayudarles a afrontarlos. Cada día estaba más cansado de sus clientes, los veía como seres desaprensivos que sólo sabían quejarse de sus problemas y no se daban cuenta de que él también tenía los suyos propios. Tenía que sentarse y escuchar a toda clase de personas hablar sobre problemas diversos, tales como problemas de autoestima o diferentes tipos de complejos o fobias derivadas de una infancia traumática,
Aquella tarde el paciente era un hombre que padecía un caso de depresión muy grabe. Había intentado suicidarse en varias ocasiones, y ahora se encontraba en un estado de debilidad mental, cualquier cosa podía llevarlo a intentar suicidarse. Llevaba más de una hora hablando sobre la obsesión que tenia con respecto al mundo, que le hacía sentir que todas las personas lo despreciaban y solo querían hacerle daño. Comenzaba a estar cansado de escuchar a aquel tipo. Aquel día estaba especialmente irascible, y aquel tipo no conseguía más que ponerlo furioso, no dejaba de quejarse, era insoportable, estaba cansado de oírlo hablar, no podía aguantarlo más, y acabó ocurriendo lo que intentaba evitar, estalló:
-Joder, eres inaguantable, normal que todo el mundo te desprecie, no dejas de rallar, no eres más que un cansino. Y aún por encima eres un inepto. Joder ¿cuántas veces has intentado suicidarte, cinco, seis?, joder, y ninguna te moriste, hay que ser negado, ni morirte sabes.
La cara del pobre hombre era todo un poema, sin embargo su única reacción fue levantarse y marcharse. Después de eso decidió que ya era suficiente por aquel día, y que no quería volver a oír los problemas de nadie más. Cerró la consulta y se fue a un bar, quería olvidar sus penas con alcohol.
Al despertarse por la mañana la cabeza le daba vueltas. No recordaba como había llegado a casa, lo único que recodaba era que había estado bebiendo hasta que al bar cerró. Se levantó y fue hasta la cocina, comenzó a preparar café y mientras encendió la radio para oír las noticias. El café le sabía a rayos, pero aun así siguió bebiéndolo, quería estar despierto en la consulta. No le estaba prestando demasiada atención a la radio, sin embargo una noticia hizo que empezase a prestarle atención. La noticia hablaba sobre un suicidio, no decían el nombre quien se había suicidado, solo decían sus iniciales, O.P.L.. Y eran esas iniciales lo que había despertado su interés por aquella noticia, pues coincidían exactamente con las del cliente al que había insultado el día anterior.
Llamó a su secretaria y le pidió que llamara al paciente,la respuesta que le dio ya la esperaba: no contestaba. Decidió ir a la policía para informarse, a fin de cuentas si alguien le preguntaba por su interés podía aducir que intentaba informarse sobre un paciente con un amplio historial de intentos de suicidio, a fin de cuentas era la verdad. La información que le dio el inspector encargado del caso no hizo más que confirmar lo que ya sabía: el suicida era su paciente.
Fue a la consulta, pero apenas pensaba lo que sus pacientes le decían, su cabeza estaba en otra parte. Había matado un hombre. En realidad ese hombre se había suicidado, pero si lo había hecho había sido por su culpa, a fin de cuentas el debía de ayudarle a ganar auto confianza, y lo único que había hecho fue insultarle. Se sentía como un asesino. Finalmente no pudo soportarlo más, cerró su consulta antes de tiempo y se fue a un bar a ahogar sus penas con alcohol.
A la mañana siguiente un ruido lo despertó. Su cabeza le daba ruedas y no era capaz de recordar nada de lo que había hecho la noche anterior. Lo único en lo que era capaz de pensar era en el incesante ruido que le estaba destrozando la cabeza. Pronto pudo identificar el lugar de procedencia del ruido: la cocina. Cuando llegó a ella vio algo que no se esperaba, un hombre estaba rebuscando en sus armarios y moviendo todas cuantas cosas tenía en ellos. Cuando el hombre se dio la vuelta casi le da un infarto. El hombre que estaba en frente suya no era otro que Oroitz, el paciente que se había suicidado.
-Menos mal que apareces, no doy encontrado nada en esta cocina y empiezo a tener hambre.
Aquello no podía estar pasando, tenía que ser alguna alucinación producto del alcohol. Aquel hombre que estaba delante de él era exactamente igual a su paciente, pero no podía ser su paciente, estaba muerto, de eso no había duda, había visto su cadáver.
-Hola, ¿estas ahí?. Tengo hambre.
-¿Quien cojones se supone que eres?
-Esa si que es buen, que quién soy. Lleva años viéndome todas las semanas y ahora me pregunta que quién soy. Soy Oroitz. ¿Qué pasa, es que te has quedado ciego y no me ves o qué?
-No, tú no puedes ser Oroitz. Oroitz esta muerto. Yo vi su cadáver.
-¿Muerto?. Y después el que necesita un psicólogo soy yo.¿No estoy muerto, si lo estuviese no te estaría hablando ahora mismo.
-No, tú estas muerto. Yo vi tu cadáver. Me dijeron que era tu cadáver. Tú estas muerto. Esto no puede estar ocurriendo. Todo esto no puede estar pasando. Debe de ser un mal sueño, o una alucinación provocada por le alcohol. Si me doy una ducha y me aclaro la cabeza seguro que todo esto se convertirá en un mal recuerdo.
Se fue al baño y se dio una ducha con agua helada, quería que su cerebro se despertase por fin. Cuando salió de la ducha no vio a nadie. Caminó por la casa y no vio a nadie. Respiró aliviado, se vistió y se fue hacía el garaje. Entró en el coche y respiró aliviado, no había visto a nadie.
-Por fin llegas. Empezaba a aburrirme. Pasaste demasiado tiempo duchándote.
Miró horrorizado por el retrovisor, y vio que allí estaba sentado Oroitz. Aquello empezaba a ser preocupante. Sabía que no era un sueño, pues pudo sentir perfectamente el agua de la ducha. Sabía que no era un efecto secundario del alcohol, pues su cerebro se había despejado. Solo quedaba una opción: aquello no era más que una alucinación; se había vuelto esquizofrénico. No sabía que podía hacer, lo único que se le ocurría era ir a la consulta y tratar de seguir con su vida normal hasta que las alucinaciones desapareciesen.
En la consulta las cosas no pudieron ir peor. Oroitz no paró de hablarle en ningún momento y finalmente no pudo soportarlo más y acabó estallando cuando estaba con una paciente.
-¿QUIERES CALLARTE DE UNA PUÑETERA VEZ?¡YA ESTOY HASTA LAS NARICES DE TU MALDITO BLA BLA BLA!
La paciente se quedó mirándolo aterrorizada. Se dio cuenta de su error demasiado tarde. Lo único que pudo hacer fue alegar que estaba pasando por una etapa de estrés y darle una cita gratuita para otro día. Decidió que ya había sido suficiente por aquel día, cerró la consulta y se marchó a casa.
Al día siguiente otra vez el ruido lo volvió a despertar. Fue a la cocina y vio a Oroitz rebuscando de nuevo en los armarios.
-Tienes que decirme donde guardas las cosas, me muero de hambre.
-El tío soso este tiene razón, ¿es que en esta casa no se come?
Aquella voz. Aquella voz lo dejó aún más asustado de lo que ya estaba. Conocía perfectamente aquella voz. Era la voz de su ex-mujer. El hecho de que estuviese teniendo una alucinación con su ex-mujer sólo podía significar una cosa: estaba empeorando. Decidió no dar consulta aquel día, no quería que sus pacientes sufriesen las consecuencias de su enfermedad.
Aquel día fue peor que el anterior si cabe. Ahora a Oroitz se había unido su ex-mujer, y entre los dos estaban consiguiendo acabar con su moral. Decidió salir a la calle, quería despejarse un poco. Al final acabó entrando en un supermercado, no sabía muy bien por qué. Cuando fue a pagar lo poco que había comprado Oroitz y su ex-mujer comenzaron a hablarle de nuevo.
-¿Por qué no le dices que se suicide como hiciste conmigo?
-¿O por que no utilizas tus trucos mentales para destrozarle la vida?
Estaba furioso. Sentía la ira correr por sus venas. Quería que todo aquello se acabase, que dejasen de hablarle. No fue consciente de sus actos. Simplemente cogió unas tijeras que había sobre el mostrador y se las clavó a su ex-mujer. Pero algo raro ocurrió. Del lugar donde le había clavado las tijeras empezó a salir sangre. Miró al lado de su ex-mujer y vio que allí estaba su hija. Miró a su alrededor y vio a la gente gritando y a alguien estaba llamando a una ambulancia. Entonces comprendió. No había apuñalado a una alucinación, sino que había apuñalado a su ex-mujer. La policía no tardó mucho en aparecer, y se lo llevaron a la comisaria. De lo único que pudo enterarse fue de que su ex-mujer murió al poco de llegar al hospital.
El fiscal no paró hasta conseguir que el juicio fuese asistido con un jurado popular. Lo acusaron de asesinato, de violencia de género y como agravante añadieron el hecho de que hubiese agredido a su ex-mujer delante de su hija. El jurado fue unánime: cadena perpetua. Cuando llegó a aquella cárcel lo primero que hicieron fue meterlo en una celda aislado de los demás reclusos. En ella Oroitz se encargó de acabar con la poca moral que le quedaba, y finalmente se suicido utilizando las sabanas para colgarse de la ventana.
Cristián Estévez

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