viernes, 2 de junio de 2017

‘House of Cards’, quinta temporada: la manipulación más colosal




Ya nos hemos zampado los trece episodios de la nueva temporada de la serie estrella de Netflix, la inigualable House of Cards, y esto es lo que nos ha parecido.
Todo un año sin el audaz matrimonio que forman Frank y Claire Underwood en nuestras pequeñas pantallas siempre es un tiempo excesivo, muy en especial si lo último que nos grabaron en las retinas fue la magnética escena de cierre de la cuarta temporada de House of Cards (Beau Willimon, desde 2013), en la que nos dejaban helados con una declaración terrible mirando a cámara los dos. Pero ya está aquí la quinta por fin, y comienza exponiendo rápidamente la amenaza que se cierne sobre la posición política del Presidente de los Estados Unidos a causa de las pesquisas periodísticas del ciclo precedente, con toda una declaración de intenciones algo equívoca sobre la nueva posición de Claire respecto a los espectadores y sobre la tenacidad e insumisión de Frank, en cuya piel se siguen metiendo Robin Wright y Kevin Spacey de un modo extraordinario.


Es formidable cómo la serie se sirve de la arquitectura en sus encuadres, tanto en interiores como en el exterior, y la manera en que se nutre del juego y las decisiones políticas reales de la historia estadounidense. Por ejemplo, la instrumentalización del miedo al terrorismo como baza política que se llevó a cabo durante la administración de George W. Bush, o la voluntad de restringir el espacio aéreo y endurecer enormemente el régimen de inmigración con la misma excusa del actual inquilino de la Casa Blanca, el polémico Donald Trump, y la posibilidad de someterle a un impeachment; o el caso de Thomas Jefferson contra Aaron Burr, o los desafíos de Rusia durante la presidencia de Barack Obama, o el empleo de gas sarín en la guerra de Siria.


Continúan las intrigas gubernamentales tratadas con conocimiento y profundidad, las alianzas, las traiciones, los pulsos políticos, la utilización indebida de los recursos a su alcance; y las excursiones de los Underwood por las cloacas, que nunca terminan, y por otras las veredas que no tolera la sociedad vuelven porque el pasado vuelve y, tal como le dice Claire a su marido, “no desaparece a voluntad”. Pero, como “si un hombre no tiene la sagacidad de usar lo que tenga a mano para conseguir que funcione, es un fracaso de la imaginación”, Frank sigue su propia filosofía y discernimiento, no se queda de brazos cruzados y se enfrenta con la misma astucia, ferocidad y determinación a cuanto se interpone en el camino de los planes que Claire y él han trazado para agarrarse al poder.


Y es un verdadero gusto verles a ambos manipular las cartas y al resto de los jugadores sin tregua alguna para ganar la partida y conseguir todo lo que quieren, con la presencia refrescante de Patricia Clarkson como la misteriosa Jane Davis. Son perversos e implacables y casi carecen de escrúpulos, pero cuentan con el apoyo incondicional del espectador porque la inteligencia de su perversidad, no del todo indolente, resulta de lo más atractiva e irresistible: es la fuerza, la fascinación por la oscuridad de los antihéroes realmente complejos. Y no se les hace fácil ni triunfan sin parar, porque sus oponentes no son pocos ni estúpidos ni andan escasos de persistencia.


Durante el primer trecho, la temporada se mantiene en un perfil bajo, poco enérgica y sugestiva, pero siempre interesante, aumentando la tensión y el ritmo de forma gradual. Y hay grandes sorpresas, inesperados giros de guion desde el episodio uno, los habituales monólogos de Frank dirigiéndose a la cámara, mientras pasea entre los asistentes a reuniones que le escuchan con suma atención, o usando sus indicaciones para encender una chimenea como metáfora del esfuerzo en el segundo capítulo. E incertidumbre, mucha incertidumbre, como en el fin del tercer episodio, el cual se convierte en auténtica expectación a partir del cuarto, que concluye con una de esas brillantes y pavorosas declaraciones de Frank sobre la democracia.


La huida hacia adelante de los protagonistas desde el quinto episodio es admirable se mire por donde se mire
Porque este astuto manipulador de la república democrática estadounidense sabe muy bien cómo debe conducirse en sus entresijos, y su huida hacia adelante desde el quinto capítulo es admirable se mire por donde se mire, llevando la competición a su propio campo para poder manejarla a su antojo, y la exposición de sus motivos e intenciones al comienzo, modélica. Pero la coyuntura ha cambiado, y la pecera del Congreso está demasiado intranquila como para que Frank se sienta como pez en el agua, y los Underwood deben ir más allá porque no ignoran “algo que el resto del mundo no quiere admitir: no hay justicia, sólo conquista”; aunque unos cuantos viejos conocidos les salgan al paso antes y después de llegar a lo que parece su meta.


Como ocurría con la cuarta temporada, la quinta se divide en dos bloques clarísimos con el mayor número de cambios hasta la fecha: el primero es una lucha con abundante inseguridad para ellos, mientras que todo vuelve a su ser en el segundo, pero los obstáculos que afrontan los Underwood son mayores y pugnan por mantener su posición a toda costa, y porque se recoge lo que se siembra. Hay momentos, no inesperados pero sí de improviso, en los que al público le da por pensar que ya era hora en honor a la equivalencia de los protagonistas y la obligación de un tratamiento acorde con ello. Y los episodios doce y trece, dirigidos por Wright, son los que más conmocionan a los espectadores de la totalidad de este ciclo, no sólo por la gravedad de ciertos hechos que se suceden, sino también por el asombro de varios volantazos de la trama que completan la manipulación más colosal en lo que va de House of Cards, la mejor serie que se puede ver en los tiempos que corren.
César Noragueda

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