martes, 23 de noviembre de 2010

¿Cómo he llegado hasta aquí?


- ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Lo preguntó con tristeza, casi con compasión. Me miraba inquieta, dolida, como si la pequeña intimidad que acababa de revelarle hubiera sido para ella la mas sucia de las confesiones, el secreto prohíbido, la fatalidad hecha palabras.

Yo sonreí. Adoraba a esa mujer que vestía camisas de estrecha cintura, pantalones marrón claro, zapatos perfectamente conjuntados con bolso a juego, pendientes de perlas y cinturón de piel. La miraba y pensaba "¡claro, Lidia querida! ¿Cómo ibas tú a sentir que lo que yo estaba viviendo estaba bien?".

Mi Lidia querida. Perfectamente adaptada a la sociedad de pareja occidental. Casada a los 29, madre a los 31, re-madre a los 33. Hipoteca a 40 años. Ecuatoriana dos días por semana para limpiar la casa y otro día más para planchar. Trabajo de 9 a 3. Reducción de jornada. Sueldo justito. Marido que llega tarde todos los días, auditor en una de las Big Five. La adoraba porque ella me compadecía y yo la compadecía a ella.

Acababa de explicarle que desde hace tres años me escondo en habitaciones de hotel y en sms codificados para amar. En chats nocturnos. En llamadas ocasionales. Que no hago el amor los sábados después de una paella y un poco de helado. Ni los domingos volviendo de una barbacoa. Que no hago el amor. Que yo robo sexo a otra mujer. Su mujer. Esa que no he sido jamás, durante tres años, capaz de imaginar.

- Porque he querido, Lidia.
- Nadie quiere ser segundo plato. Nadie quiere ser "la otra". Y ese hombre... ¿quién es? o más bien... ¿qué es? ¿cómo puede utilizarte así, como puede engañar a la madre de sus hijos?
- Se llama Luís. Y no es más que eso: un hombre.

Es cierto, han pasado tres años. Le conocí queriendo conocerle. No a él. No sabía que él existía. Pero quería tener una aventura con un hombre casado. La primera vez que me acosté con un hombre casado fue en Málaga. En un congreso. En uno de esos típicos y aburridos congresos médicos a los que acudo por mi profesión. Me alojé en un hotel del centro y después de la primera jornada, fui sola a tomar una copa de vino al bar del hotel. Ese hombre estaba allí, también solo. Le había visto en una de las ponencias. Era alto, moreno, delgado, muy atractivo. Nos miramos, él primero, yo despúes y se acercó a hablar conmigo.

Hablamos veinte minutos, el tiempo justo para dos vodkas con naranja. Y de pronto me vi en su cama. Me desnudó rápido, casi torpe. Me besó dos o tres veces. Tocó algo mis pechos. Ni siquiera pudo excitarme. Pero me excité yo sola, pensando que estaba con un médico casado en la habitación de un hotel. O más bien, que estaba con un perfecto desconocido follando. Duró diez minutos. No tuve tiempo de llegar a ninguna parte. Pero miraba su cuerpo perfecto, su deseo descontrolado, su pasión desbordada y me parecía la situación más erótica que había vivido en mi vida, yo, que era como Lidia, perfectamente adaptada. Estaba teniendo mi experiencia, mi aventura. La gran diferencia.

Al acabar, él se recostó a mi lado. Me abrazó. Encendió un cigarrillo. Me dijo que era preciosa y maravillosa. Me hizo sentir más deseada y especial que nunca en mis seis años de matrimonio. Mantuvimos una conversación acerca del amor, de la pasión, del sexo, de la pareja. No hablamos de trabajo, ni de familia, ni de amigos, ni de la última película que habíamos visto... sólo amor y sexo. Fue perfecto. Y tras la conversación, él se animó de nuevo y lo volvimos a hacer. Esta vez mucho más lento. Esta vez llegué al cielo. Y pensé "¿en qué momento exacto me pedirá que le deje dormir, que mañana tiene que irse a trabajar temprano?". Pero no lo hizo. Pidió champagne y volvimos a hacerlo otra vez. Pronunció mi nombre en su tercer orgasmo. Y después, a las cinco de la mañana, se quedó dormido a mi lado hasta que el despertador de su móvil nos hizo vislumbrar la realidad.

Así empezó todo, creo. En su realidad, él se fue a las pocas horas a su ciudad, llegó a casa y besó a su mujer y a sus dos hijos. Yo llegué a la mía, le pedí la separación a mi marido, besé a mi hija y supe, ese día, que estaba enganchada al amor clandestino.

De eso hace hoy más de siete años. Y de aquella aventura con un médico en un congreso le siguieron decenas fantásticas historias hasta que Luís apareció en mi vida y dio un sentido único al sexo, al amor y a mi existencia.
Amanda

3 comentarios:

  1. Hermosísimo. Una historia con muchísima realidad.
    Besos y susurros dulces

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  2. El morbo de lo prohibido lo hace mucho más erótico..

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  3. Me ha parecido un relato precioso. Y esto que lo diga una asexual tiene su mérito, que a mí este tipo de temas me incomodan una barbaridad.
    Pero me he sentido muy a gusto leyendo este escrito.
    Muchas gracias a Amanda por escribirlo.

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