jueves, 18 de noviembre de 2010

No habrá nada más.


En la cubierta de madera, llegando ya al último tramo,
observo las lucecitas que adornan mi sien.
Dirijo la punta de mis dedos hacia el cielo
e intento tocarlas.
¿Cuántas de ellas querrían adornar mis entrañas?

Inspiro fuerte y cierro los ojos,
lo que me lleva a recordar el aroma a sal
que desprendía mi cuerpo tras reptar entre tus piernas.

Al partir me dijiste, quizás vuelvas algún día,
y yo que dejé de confiar, dibujé una media sonrisa,
te abracé y tu, de espíritu mágico,
conseguiste que cientos de pétalos flotaran a mí alrededor
formando una capa de dulce aroma y aterciopelado escudo.

Siento la vida dentro de mí, pero me duele, me molesta,
mis pechos se endurecen
y se emocionan al introducirse en la gélida agua del océano.

Me estremezco ante la idea de desaparecer pero me hace feliz,
se que aún puedo hacerlo.
Me meto desnuda dentro del agua,
necesito soltar lastre de oscuridad e indecoro.

Si introduzco la cabeza el tiempo suficiente bajo el agua,
podré limpiar el pasado,
los años malvividos
y justo cuando mi piel se torne violácea,
mis pálidos labios sonreirán al saber
que el renacimiento sólo está a una expiración.

Mis músculos ya no volverán a ser flexibles,
ni mi corteza suave con olor a limpio,
mis ojos ya no podrán transmitir calidez ni mi deseo por tenerte,
mi cabello decorado con rizos estarán tristemente desordenados.

Pero no habrá ni un día más en el que la locura,
criatura de alma desangrada,
me obligue a contemplar
la imagen de lo que pude llegar a ser y no fui.

No habrá más días, no habrá nada más.

Aljana

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