miércoles, 19 de febrero de 2014

escribir a oscuras


 (Foto: Letizia Batagglia) 

Sí, sabía escribir a oscuras. 
Todo era cuestión de técnica, de no levantar el puño de la hoja y mantener la mano firme. Cuando tocaba el extremo de la hoja, se desplazaba un poco para iniciar la línea siguiente. 
Técnica y práctica.
Otra cosa era la oscuridad que se deslizaba entre el cerebro y el corazón, la que le impedía ver las historias que antes encontraba por los rincones escondidos de su interior. 
Comenzó siendo una niebla cada vez más inquietante y más espesa y, poco tiempo después, la negritud.
Ya sólo puede escribir lo que es evidente y obvio con palabras que describen o explican, pero que no conmueven ni emocionan. Por eso, a veces, deja sobre el papel la relación de los amores y la de los desengaños con nombres y apellidos, fechas de nacimientos y defunciones, como si su vida amorosa fuera un paseo entre las lápidas del cementerio de Montjuïc. 
Otras veces, escribe listas para comprar lo que se comerá la próxima semana sin que, en ningún momento, la saliva le llene la boca. O mide las sílabas de un poema y no yerra ni un verso, pero no siente el trasiego inquietante que llega cuando se despierta el sentimiento dormido.
Es posible escribir a oscuras. 
Pero cuando es la oscuridad la que llena cada pliegue de la piel, la que cierra los ojos y sella los labios, es cuando se da cuenta de que todo ha terminado. Entonces abre la mano y deja caer el lápiz.
María Guilera

2 comentarios:

  1. Ángel, qué ilusión y qué honor verme en tu blog con una traducción perfecta. Úsame cuando quieras.

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  2. Me ayudaron un poquitillo en la traducción, en lo relativo a yerrar....fue nuestra Lola.
    Mil besos, María

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