lunes, 24 de febrero de 2014

Gardel



Hoy me he enterado de que me estoy haciendo viejo.

Ha sido de repente, estaba cepillándome lo dientes en el cuarto de baño y el tipo que me imita, al otro lado del espejo, me lo ha dicho, ha dejado de cepillarse y se ha acercado todo lo posible al límite imaginario que nos separa, esa fina línea cristalina que me mantiene alejado de la locura todas las mañanas cuando hablo con él.

Se ha acercado decía, y asombrado ha empezado a tocarse la comisura de los labios y luego las bolsas que descansan bajo los ojos a la espera del próximo encargo de lágrimas, las ha tocado y ha puesto una mueca de desaprobación, me ha mirado fijamente y ha dicho, “esto no tiene buena pinta”.

Yo mientras seguía lavándome los dientes, intentando hacerle ver que le ignoraba, aunque en lo más profundo de mi ser, estaba prestando atención a todo lo que me descubría con sus movimientos, pasando, después de los ojos al pelo, y haciéndome ver que aquello ya dejó de ser una entrada para empezar a ser una estancia entera, amplia, casi sin adornos, muy luminosa, sin atisbo de un solo pelo que disfrute de ella.

Aquello me ha destrozado, no suelo fijarme mucho en los cambios, tardo en entenderlos, más en reconocerlos, son odiosos, llegan con sus aires y vuelan todo lo preconcebido, dejándote un nuevo escenario en el que discurrir, más bien escurrirte por cada rincón buscando una salida.

He terminado de cepillarme mientras él me comentaba que no me preocupara, que seguro que ese bajón físico era del estrés, que todo se arreglaba con mejorar la alimentación, dejar de fumar, dejar de beber, dejar de tomar el sol sin protección, dejar de dejarse tanto en el sofá del salón o perdiendo horas de ejercicio tras la pantalla del televisor.

Lo he mirado con odio y me he retirado con educación, me he acercado a la ducha, me he desnudado, he girado el grifo del agua caliente y me he colocado bajo la alcachofa, desafiante, notando el cambio de temperatura, manteniéndome incluso cuando el agua se ha calentado hasta dañar mi piel, como si estuviera sufriendo un merecido castigo por haberme dejado escapar en los años de juventud, por reencontrarme de nuevo, ya tarde, ya viejo, ya diferente, ya cansado, ya triste, ya mayor, ya lo decía yo, a mis veinti, que aquello de morir joven y dejar un bonito cadáver no era una idea descabellada, que a partir de ciertos años uno ya no sabe mirar hacia delante o peor aún, no sabe mirarse en ese mismo instante y se encuentra inmerso en un estado depreso-melancólico, atrapado en un pasado real que no fue tan bueno como recuerda desde su memoria adornada, cavilando sobre un pasado imaginado desde una decisión jamás tomada, “si hubiera hecho esto en vez de lo otro”, nunca mirando al futuro, dejando el presente como un cuenco vacío, un recipiente donde pasar horas añadiendo ingredientes de la memoria y la imaginación.

He salido de la ducha decidido, he pasado por el espejo y he vuelto a ver al tipo que comparte conmigo todas mis tristes mañanas. Me he vestido con mi ropa de la suerte, me he puesto mi colonia cara y me he acercado al espejo, lo más cerca posible, lo he pillado por sorpresa y me he acercado a su oreja, para decirle al oído, “que te jodan viejo depresivo, me voy a vivir lo que me queda de vida”.

He dado un portazo y he salido de la habitación, me he acercado al comedor, le he tirado un beso volado a Nuria, mi enfermera favorita, mientras coqueteaba con Alicia, que hoy era la encargada de darme la medicación y me he ido corriendo al salón principal de la residencia, dónde un tango de Gardel me ha prestado el valor necesario para sacar a bailar a la dulce y hermosa Ana, la octogenaria más joven que jamás he conocido.

Que le den por el culo al tio del espejo, voy a vivir lo que queda del día bailando sobre mi pasado, guiado por mis pies, la belleza de Ana y el genio de Gardel.

Publicado en Descatalogados

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