jueves, 20 de febrero de 2014

Escribir a oscuras


Foto: Ludovic Carène  

Son  más de las nueve, me quedan menos de tres horas para intentar daros una visión de lo que han sido los últimos años de mi vida. Necesito vuestra ayuda, queridos lectores, para justificar y encontrar el porqué de lo que ocurrirá cuando en el reloj suenen las doce. 
Todo empezó cuando fui despedido de la empresa en la que llevaba veinte años trabajando.
Lo primero que necesitaba era llenar un tiempo libre del que nunca había gozado y que, tal vez por ello, tampoco había deseado. Quería encontrar una actividad que me absorbiera en cuerpo y espíritu y, de ese modo, poder olvidar la situación adversa que vivía. Pensé que una buena opción sería escribir sobre personajes corrientes como yo, creándoles una vida compleja y llena de avatares y cuyo desenlace no fuera feliz, sino todo lo contrario. Ampararme en la ficción  me ayudaría a vomitar la rabia y la impotencia que me dominaban. Por fin me convertiría en el dueño y señor del destino y, aunque fuera ajeno, me serviría para poder vengarme sin temor a las represalias del castigo.  
Compré varios paquetes de papel, lápices y bolígrafos, bajé del altillo la máquina de escribir, me senté delante, coloqué una hoja en el rodillo, tecleé el título y el seudónimo elegido, “ESCRIBIR A OSCURAS” por Morgan Tell, y continué escribiendo folio tras folio. 
Al cabo de un mes, tenía finalizada mi primera novela. Me sentí satisfecho del resultado  aunque reconozco que fui bastante osado cuando decidí presentarla al más prestigioso concurso literario de género negro. No perdía nada, estaba convencido de mis posibilidades y así lo confirmé al recibir el fallo del jurado que me designaba ganador del primer premio. 
A partir de ese día todo se desarrolló vertiginosamente. Obtuve favorables críticas de revistas especializadas y una buena respuesta por parte del público en las todas las presentaciones. La previsión sobre las ediciones de mis libros nunca se ajustó a la demanda real, siempre tuvieron que ampliarse, lo que me permitió elegir entre las múltiples ofertas de contrato de las mejores empresas editoriales. En la actualidad puedo decir sin pecar de soberbia que estoy considerado como uno de los mejores escritores en mi género.
A pesar del éxito conseguido pocas cosas han cambiado en mí, si exceptuamos los largos viajes de los primeros años. Sigo siendo una persona solitaria, introvertida y bastante asocial que huye de fiestas y aglomeraciones. 
Una de las mejores cosas que me ha proporcionado mi boyante situación económica ha sido la adquisición de esta casa, la cual he convertido en fortaleza y refugio. En ella me siento feliz y protegido además de que es el único lugar donde hallo la inspiración necesaria para escribir sin descanso. Me gusta hacerlo en penumbra, a la luz de las velas. Mantengo cerrados los ventanales y no me importa que tras sus muros sea de día y luzca el sol, yo necesito la oscuridad y el silencio no sólo porque dilatan mis pupilas sino porque que agudizan mi cerebro y el resto de mis sentidos. El color negro, para mí, además de ser la ausencia de luz, es el manto con el que se cubren la maldad y el dolor, el laberinto por el que se pasea la muerte sin perderse. La noche infinita y eterna.
Según lo relatado podríais pensar que me hallo en una situación de soledad extrema, pero no es cierto, es una elección consciente. No necesito nada que no tenga entre estas cuatro paredes. 
Mi relación con el exterior se reduce a las visitas que recibo cada primero de mes cuando la editorial me envía a una persona con la misión de traer mis honorarios y recoger la nueva novela. Tan sólo cruzamos cuatro frases convencionales relacionadas con el aprovisionamiento de mi despensa, tarea de la que también se encarga, aunque su interés resulta bastante inútil ya que apenas me alimento por falta de apetito. Con lo que verdaderamente disfruto es conversando con mis personajes. Me siento a gusto con ellos, no en vano soy su creador, les he dado una vida de la nada, una entidad propia y muchas veces autónoma. He de reconocer que les he concedido pocos momentos de placer y en cambio les he obligado a vivir situaciones límite en las que la bondad y el amor han sido inexistentes. Los buenos sentimientos debilitan la voluntad  y yo necesitaba fortalecerlos para protagonizar historias donde reinaran el odio y la violencia y afloraran las más bajas pasiones del ser humano y aun a pesar de ello salieran ilesos y triunfantes. Por supuesto que mi relación no es igual con todos, ya que la aparición de alguno de ellos ha sido tan efímera y fugaz que apenas los recuerdo. En cambio otros tienen nombre y apellidos, y merecen mi respeto, ganado con sus reiteradas e importantes incursiones en las historias de mis libros. Por sí solos se han convertido en elementos tan esenciales que forman parte de mi vida y no puedo prescindir de su compañía. A veces me aconsejan, otras disienten, e incluso en muchas ocasiones deciden por mí.
Por eso me he sentido un poco decepcionado cuando los he visto toda la semana  confabulando a mis espaldas por las esquinas y los pasillos de la casa. Creo que al final han logrado ponerse de acuerdo en el día y la hora, en el cómo y el por qué. Todo ello sin hacerme partícipe de sus planes. Quién iba a pensar que eran infelices con el rol que les había asignado, con el desarrollo de sus vidas y experiencias. Jamás recibí una queja ni me dieron muestras de su descontento, a pesar de mi predisposición al diálogo y mi actitud democrática.
Hoy han decidido que Morgan Tell será el único protagonista de la historia que han escrito conjuntamente.
Se acerca la hora. Estoy preparado para salir a escena, no temo a mi destino, lo asumo con la conformidad que siempre me ha caracterizado. Oigo sonar las campanadas en el reloj:  diez, once y doce... 
Un tenue rayo de luz se cuela por el resquicio que deja una cortina mal corrida, deteniéndose en un cuerpo que yace boca abajo sobre una alfombra empapada de sangre. Los brazos están abiertos, la mano derecha aferra una pistola, la otra reposa sobre el linóleo y, bajo su dedo índice, se han escrito tres letras rojas, una efe, una i y una ene.
Lola Encinas

1 comentario:

  1. Una vez más y ya van muchas, te doy la gracias por asomar a tu atractiva y deseada ventana literaria mi humilde relato.
    Es un honor para mí contar con tu amistad.
    Un Abrazo, mi angelito.

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