domingo, 22 de enero de 2017

reconstruyendo sueños




El magnetista emprendió un viaje iniciático al borde del mundo. Viajó hacia la selva amazónica, frontera de lo creíble. Cuando se internó en la aldea de los Caumaris, ya tenía el cuerpo lleno de picaduras de los insectos más voraces que había conocido. Los Caumaris lo vieron llegar como se ve llegar a un hombre sin religión, desprovisto de toda alma. En la aldea estuvieron curándole las heridas de la selva con ungüentos de barro y cúrcuma.


Una mañana se levantó vital con ánimo para conocer al chamán. La mujer bruja de los Caumaris advirtió:
- No despiertes al chamán que vendrán los tigres.
 El magnetista se internó en la selva en busca del hombre luz por el territorio Caumaris. Hasta que llegó la noche. La noche devora las almas y las escupe al amanecer, dicen en la aldea. El viaje del alma por el cuerpo de la noche deja imágenes impalpables, deja escrita frases en la pared del tiempo. Los blancos llaman soñar a ese viaje y su navío.


Antes de que la noche devore al magnetista con su boca de ensueños, la luz del día se hizo en plena selva y los animales gritaron y alborotaron el cielo. Por la selva camina el chamán, la luna lo sigue intensa con su luz de mujer en celo. Trae sus mascotas: 14 tigres lo acompañan, silenciosos, vigilantes. El chamán habla. El magnetista no entiende. Entonces lo invita a tocar el árbol. El magnetista toca el árbol y escucha la voz del chamán en el eco del tronco. Y hablan pero no sueñan. Soñar es imitar la vida. Sólo la noche puede.


Cuando regresó a la aldea le contaron que los tigres entraron furiosos y se devoraron los sueños de los aldeanos. Se quedaron sin alma. Se quedaron sin noche.


 La bruja de la aldea condenó al magnetista a recuperar todos los sueños, uno a uno, y devolverlos a la aldea. En esa tarea está, leyendo frases en la pared del tiempo, escribiendo imágenes, reconstruyendo sueños.
El magnetista

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