martes, 17 de enero de 2017

The young Pope


¿Quién eres?", le pregunta el confesor al mismísimo Papa. "Una contradicción, como el propio Dios, que es uno y trino". La conversación aparece en The young pope (El joven papa) mediado el que es el primer capítulo de una serie de 10 horas.


Y, en efecto, es ahí donde habita el prodigio presentado por Paolo Sorrentino: en la perezosa paradoja de la carne iluminada, en el contrasentido de cine que no es ni siquiera cine (o no en el sentido académico).
Sin duda, de lo mejor y más sorprendente de la Mostra  2016.


Perfecto, hipnótico, santo y profano disparate. No en balde, se trata del último trabajo de ese canto al veneno eterno de lo efímero que es La gran belleza.


La película (llamémoslo así para abreviar) se abre con la escena de un sueño. Un bebe gatea entre una nube de cuerpos de querubines dormidos. Todos ellos forman una gran pirámide en la plaza de San Marcos, en la misma Venecia. Lo horizontal es vertical, la vigilia se confunde con el sueño. Todo exuberante, todo perfumado por el olor de la santidad, que coincide con el aroma de la muerte. Es sólo el puente de acceso a lo que promete ser una meditada profanación de todas y cada una de las normas cada vez menos inmutables que configuran el lenguaje televisivo. Pero no sólo eso. Lo visto apunta a una reflexión desengañada de los mecanismos perfectamente humanos que animan las más altas motivaciones, los más sagrados principios.


Si se quiere, la película retoma el artificio de Il divo, donde los azares del poder eran examinados desde el Gran Guiñol de la política italiana secular. Y en el centro, los ojos siempre vidriosos de Giulio Andreotti, el hombre que mantenía que no hay nada más peligroso que la malicia de las buenas personas (es un arma en manos inexpertas). Ahora, el escenario cambia, pero la extraña combinación de santidad y cattiveria, que dicen por aquí, se mantiene.


El Vaticano recibe al nuevo Pontífice. Es americano, responde al nombre de Lenny y aún no ha cumplido 50 años. Además, fuma. Nadie sabe nada de él. Los azares del Espíritu Santo o lo otro (según credos) son, en efecto, inescrutables. Todos esperan su primera homilía. Mientras, él, se hace de rogar, calcula sus pasos, estudia a los adversarios y así hasta dar con el peor enemigo de todos.


Quién sabe si él mismo, Jude Law exprime lo mejor de sí mismo en la construcción de un personaje que se hace fuerte en sus silencios, en sus bromas sin gracia ("Mi pecado es que no creo en Dios", le suelta a un atónito cura, además de, según el director, "tonto") y, sobre todo, en su ácida exhibición de cinismo agrio.


Por el reparto, además, no conviene perder el paso de un Silvio Orlando memorable en la piel del cardenal italiano encargado de las finanzas (con todo lo que eso significa).


Ni a él ni a una Diane Keaton, monja y secretaria del Papa, quizá demasiado fiel para todo esto.


A ellos y, claro está, a Javier Cámara,
que también pasea por la pantalla sus modales de incienso carpetovetónico.


La cámara de Sorrentino, siempre al límite y tan capaz de lo mejor como de lo contrario, se mantiene siempre en ese extraño lugar entre la realidad y el deseo, entre la virtud y el vicio, entre el cielo y la misma tierra, entre lo trágico y lo demente. Puta y santa a la vez. La estrategia consiste en construir un drama tan realista que parezca soñado; un thriller elaborado con la virtud de la transparencia; una comedia divina, por fin.


Insiste Sorrentino en que lejos de él la tentación de la irreverencia. "Me he acercado al argumento con honestidad y curiosidad. La idea es indagar en las contradicciones y dificultades en un universo tan fascinante como el del clero. Al fin y cabo, el Papa no es más que un cura algo especial", dice. Añade que el pontífice por él imaginado nada tiene que ver con el actual. "El mío es muy conservador. Y sinceramente no creo que la Iglesia se esté volviendo más liberal.


Nada hace pensar que el sucesor de Francisco no cambie completamente la orientación". No en balde, el personaje interpretado por Jude Law elige el nombre de Pio XIII, sucesor por tanto del Pío XII, que hizo a Musolini hijo de la Providencia. -¿Y qué reacción espera del Vaticano?-Es un problema suyo. No mío. Si tienen la paciencia de verlo hasta el final verán que es un trabajo honesto. Y ahí lo deja. Sea como sea, la carga de la prueba, por así decirlo, no está ahí, en la polémica en crudo.


Todo es más elaborado. Por barroco. La irreverencia es de otro tipo. No estrictamente política, ni siquiera religiosa. Lo irreverente forma parte del nudo más íntimo del mejor trabajo del italiano porque suya es la capacidad de convertir en pecado, tal vez mortal, cada gesto; suyo el empeño de sacralizar cada acto cotidiano, desde el mismo gesto de fumar.


En efecto, el Papa de Sorrentino fuma. "Lo tomé de Ratzinger. Era conocido que él lo hacía", puntualiza el director.Cuentan que el Papa Inocencio X rechazó El éxtasis de Santa Teresa esculpido por Bernini por considerar a la obra más cerca del erotismo que del misticismo. Probablemente y por la misma razón, abominaría de la película que nos ocupa tan voluptuosamente santa. También cuentan que la anécdota es falsa. Lástima.


Toda la película se debate contra la idea de dejar en el simple desarrollo de la trama el mecanismo narrativo. "Creo que este es el gran problema de la mayor parte de las series. Y por eso se olvidan pronto, pese a la cantidad de tiempo que nos acompañan", dice para, acto seguido, insistir en que para él se trata de una película de 10 horas. El ver el resto de los capítulos ratifica que la serie es capaz de mantenerse entera a la altura de estas dos primeras horas irrefutables.Tras los dos primeros episodios, 'The young Pope' acaba con el discurso ansiado por todos.


En él, el Papa se niega a sí mismo y reclama la atención de los fieles al mismo Dios, que se olviden del prójimo y hasta de él, para volverse al Altísimo. La figura de Pío XIII aparece a oscuras desde el balcón más visible del planeta. Sin duda, apenas el arranque de una magnética, santa y profana contradicción.

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