martes, 18 de mayo de 2010

El Reencuentro



Salí de la sesión de quimioterapia con un suspiro de alivio.
Me sentía feliz.
El tratamiento estaba funcionando.
No tendría que volver hasta dentro de seis meses.
En la última revisión los análisis habían mejorado y aunque el oncólogo me había recomendado mucha prudencia y paciencia, yo me sentía curada.
Había ganado la batalla a la enfermedad.
Ahora, necesitaba con urgencia ganar peso y esperar a que el cabello brotara de nuevo.
En una palabra, recuperar mi anterior y saludable aspecto.
No dudé en elegir la masía familiar como lugar ideal para la nueva transformación.
Allí había vivido los mejores años de mi infancia.
Después de la muerte de papá y del abuelo, seguí acudiendo, incluso con más frecuencia, pues quería evitar con mi presencia que la abuela se sintiera tan sola.
Pero desgraciadamente no tardó mucho tiempo en seguirles, y yo no volví a pisar la casa.
De eso hacía más de quince años.
Era una sólida construcción centenaria, hecha con materiales resistentes a los embates del clima, del tiempo y del abandono de sus herederos.
Anochecía cuando llegué, aparqué el coche a un metro de la entrada con los faros enfocados hacia la puerta, introduje la enorme llave de hierro en la cerradura y el portón cedió sin resistencia.
La casa estaba oscura y olía a moho.
Volví al coche y descargué el equipaje.
Estaba emocionada, todo permanecía como lo recordaba.
Había mucho que hacer y que limpiar, pero el cansancio y el sueño me vencían, por lo que me fui a dormir y pensé: «Mañana será otro día...».
La luz que entraba por las contraventanas abiertas de par en par me despertó.
A pesar de lucir el sol, hacía mucho frío en la estancia.
Los cristales estaban empañados por el vaho.
Los froté con la manga y me sorprendió ver al abuelo en el corral dando de comer a las gallinas. Miró hacia la ventana y me saludó con la mano.
Me vestí y bajé corriendo la escalera.
No me lo podía creer, parecía otra casa, todo estaba limpio e iluminado.
El olor a humedad se había evaporado.
Sólo olía a pan, café y rosquillas.
Entré en la cocina y allí estaba mi querida abuela, con su rostro afable y su inmaculado delantal. Extendió sus brazos y nos fundimos en un largo abrazo mientras me decía: «Qué alegría me das, hija.
Hace tanto tiempo que tu abuelo y yo te esperábamos.
Pero no importa, por fin has llegado».
Retrocedió un paso y me miró embelesada, de pies a cabeza.
«Estás guapísima, tienes buen color para ser de ciudad, tal vez estás un poco delgada, pero eso ya me encargaré yo de arreglarlo…
Y que preciosidad de melena…, tienes el mismo color de pelo y de ojos que tu padre.
Él también tenía las pestañas tan largas y rizadas como las tuyas.
Lo que yo digo les a todos, a mi nieta no hay quien le haga sombra.
Y que conste que no es pasión de abuela».
La besé tiernamente y me sonrió agradecida.
Dio unos pequeños golpes en la ventana y le hizo una seña al abuelo para que entrara.
Y como en los viejos tiempos, hambrientos y felices, nos pusimos a desayunar.
Lola Encinas

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