martes, 11 de mayo de 2010

Se van los montañeros, se van, se van.

En los días previos a las grandes travesías, se iban reuniendo poco a poco los asistentes en la fonda de ese pueblo, serrano y pintoresco, en el que termina la carretera más alta de la península y se elabora el jamón con denominación de origen que da fama a su nombre; antes de acometer la aventura de atravesar la cordillera coronando los “Tresmiles”, que es como llaman a los picos de más de tres mil metros de altura, y para hacer acopio de fuerzas y empezar con energía, se juntaban los montañeros para cenar y hablar del plan a seguir en la excursión. Se sentaban en el comedor donde el posadero les servía bocadillos de jamón de un tamaño que no voy a explicar para no caer en exageraciones, el que haya cenado o desayunado allí alguna vez sabrá de lo que hablo, sin olvidar las buenas jarras de vino de los cortijos del valle con que los acompañaba. Para fomentar las tertulias les servía de postre grandes tazones de chocolate caliente, invitándoles previamente a sentarse en el salón frente a la chimenea, tenía la costumbre de dejar como única fuente de luz la de las llamas, con lo que conseguía crear el ambiente apropiado para la velada.
Eran tertulias mágicas, como corresponde a semejante escenario, en las que participaban todos hasta la hora de dormir, incluida la familia del posadero. Se sucedían las aventuras de montaña, las leyendas de reyes moros enterrados en los ventisqueros debajo de las nieves perpetuas, las historias de acequias y horas de riego por costumbres mantenidas desde hacía más de cinco siglos, y también, ¡cómo no!, se hablaba de aparecidos y de ánimas vagabundas que erraban por los campos en espera de que alguien se acordara de rezar por ellas para ser liberadas de su castigo y descansar eternamente. Siempre había algún aficionado a asustar que inventaba cuentos de cortijos abandonados y malditos o casas del camino por las que había que tener mucho cuidado al pasar porque estaban ocupadas por perros rabiosos.
Tras la buena cena y la entretenida velada, unos dormían con miedo y otros sin él, pero en general dormían bien gracias al jamón, al vino y al chocolate, y llegaban antes de amanecer al bar para partir a sus aventuras después de un gran desayuno con aguardiente incluido.
La hija de los posaderos, con apenas doce años, solía levantarse un par de horas antes, se reía mientras se desayunaba un vaso de orujo procurando que no la viera nadie y todavía de noche salía con sigilo en dirección a la casa vieja del camino, donde conseguía meter a todos los perros y gatos que podía atraer con restos de comida, los encerraba en el cuarto de abajo y al acercarse los excursionistas tiraba cuatro petardos y, cuando más alterados estaban los animales, les abría la puerta y salían como la yesca ladrando, maullando y tropezando con todo el que encontraban en su huida, asustando a base de bien a los montañeros que iniciaban su excursión. Así tenían algo que contar en la tertulia siguiente.
Otras veces se subía al piso alto de la casa abandonada, encendía velas y se ponía un abrigo en la cabeza, cruzaba por las mangas el palo de la fregona, semejando un hombre sin cabeza con los brazos abiertos, y daba grandes alaridos mientras pasaban los excursionistas: terror matutino para empezar la aventura.
Como pasaba el día ensimismada preparando sus próximas gamberradas, se había creado fama de niña ejemplar que nunca daba un ruido. Pero a su madre no la engañaba: la había pillado muchas veces, aunque comprendía que en aquel pueblo se aburría la chiquilla y, salvo por algunas advertencias sobre los posibles peligros de sus travesuras, había hecho la vista gorda. Al fin y al cabo las tertulias de las noches de verano en la posada se estaban haciendo famosas y el negocio cada día iba mejor.

2 comentarios:

  1. El primero, el mío, Coco.
    Este relato es muy bonito y desde aquí te animo a seguir por esta senda y avances en la narración de ficción...hasta llegar a la novela.
    Un beso...desde el Sur, claro.

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  2. Muchas gracias Ángel por traer mi tertulia a tu ventana, yo te he puesto unas notas en tu Sombra para animar la fiesta. Un beso desde el Sureste.

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