El hilo invisible



Extraordinaria

Una fiesta para los sentidos y probablemente la mejor película de los últimos 5años. Una auténtica obra maestra de un genial director que ya nos había regalado una obra mayor con su maravillosa película Pozos de Ambición (There will be blood) y que repite éxito trabajando de nuevo con el mejor actor de su generación, Daniel Day-Lewis.


Este film lo tiene absolutamente todo:
Un virtuosismo técnico sin parangón, los maravillosos encuadres, composición, localizaciones exteriores (esos paisajes de la campiña inglesa), los interiores (la casa Woodcock con una escalera interminable donde al final de la misma el protagonista recibe a sus clientas para que ellas le observen como a un Dios, y la zona del atelier donde confecciona sus diseños), el manejo de la cámara (con especial atención a la escena en el coche de Reynolds así como el momento de la proposición de matrimonio y la de la reparación del vestido de novia de la princesa belga).


Maravillosa fotografía e iluminación, ambas elegantísimas, sobrias y con cierto toque brumoso en algunas escenas que otorgan un aspecto onírico, casi de cuento fantasmagórico que también tiene esta película.
Una banda sonora simplemente impresionante, que acompaña perfectamente cada escena, marca el tono y proporciona fluidez y calidez o tensión en ciertas escenas sin aturdir (al contrario que por ejemplo la composición de Hans Zimmer para Dunkirk)


Unos diálogos breves pero agudos y punzantes sin caer en la pretenciosidad, con unos personajes siempre interesantes, perfectamente desarrollados y sin uso de clichés.
El estupendo manejo del ritmo, una película pausada y que toma su tiempo en desarrollar el arco argumental pero que nunca se siente pesada, al contrario, engancha y mantiene siempre el interés del espectador gracias a un excelente trabajo de edición y montaje asi como de dirección de actores, que nunca se ven perdidos. Cada escena importa y tiene sentido.


El trabajo de los actores, tremendo. Daniel-Day Lewis, simplemente impresionante (por supuesto debería conseguir el Oscar, su trabajo es muy superior al de Gary Oldman, quien a pesar de hacer un gran papel, se beneficia de un maquillaje perfecto; pero la Academia se siente en deuda con él y se llevará el premio). Vicky Krieps maravillosa, sostiene a la perfección esos intercambios de miradas y su actuación es sutil, natural y encantadora. Lesley Manville también estupenda que sin apenas líneas de diálogo hace un trabajo impecable.


En definitiva, hay que agradecer que en la apabullante mediocridad que nos rodea surja una joya como esta, que me hace mantener mi amor por el CINE. Por obras como esta sí merece ser llamado séptimo arte. Gracias Paul Thomas


La figura de la madre es el centro de todo. 


La clave está en la madre, con la que Reynolds mantiene un hilo incluso después de muerta. Decía lo del título original porque PT Anderson, que no es nada obvio en su película, nos desvela una pista clave al hablar de fantasma cuando en la película la madre aparece como uno. Anderson se encarga de hacernos un cuadro completo de Reynolds y su atormentada infancia: un padre ausente al morir pronto y una madre severa. De esto segundo tenemos datos sobre todo indirectamente, porque Reynolds no osaría hablar mal de su madre, aunque al hablar del vestido que le hizo casi se le escapa: qué fue del vestido? Seguramente criando polvo. La madre no lo apreció, no le recompensó. A la madre también la conocemos indirectamente a través de esa hermana controladora que cuando Reynolds se rebela lo trata implacablemente: no oses discutir conmigo porque te destrozaré. La hermana ha copiado el perfil de la madre, que probablemente vivió lo justo para ver los inicios de su hijo y explotar su talento.



El cuadro psicológico lo tenemos en el Reynolds adulto, o más bien un adulto que no ha dejado de ser un niño porque no tuvo una infancia normal: es incapaz de comprometerse porque no sabe amar, ya ama a su madre y no tiene espacio para más. Ni siquiera se nos habla apenas de su sexualidad, probablemente cargada de culpa e impotencia física. Es incapaz de relacionarse salvo como un crío, siendo brusco y violento. Alterna episodios de grandiosidad y depresión, típico de las personalidades geniales, pero atormentadas. No tiene autoestima alguna, como refleja cuando ve que su tiempo está pasando y ya no es "chic", reaccionando de manera infantil. No tiene relaciones con hombres porque solo se ha relacionado con dos mujeres, su madre y su hermana. Es definitivamente el cuadro de un genio atormentado por su infancia. Se describe de forma tan cuidadosa y brillante que no me cabe duda que Anderson o bien ha ido al psicólogo o bien ha leído mucho del tema, de autoras como Alice Miller (léase El Drama del niño dotado).


En estas aparece Alma, cuyo pasado no se nos cuenta, pero también tendrá miga. Alma de algún modo entiende finalmente este cuadro, aunque de un modo parcial. Al final de la película entendemos cuál es el proceso para aliviar en parte (que no solucionar o sanar) la atormentada vida de Reynolds: llevarle a un estado de cuasi-niñez, un estado en el que él se permita SENTIR, aunque sea al modo infantil, y en el que haya una figura materna (Alma) que le cuide y le mime. Solo entrando en ese estado, tras estar muy enfermo, Reynolds puede sacar a la luz sus verdaderos sentimientos, más allá de la grandiosidad de su vida pública. Alma no le salva, pero a diferencia de otras que pasaron por la vida de Reynolds tiene acceso a una parte vetada al resto del mundo en la que, aunque sea por unos instantes, Reynolds puede ser el niño que no le dejaron nunca ser.
Debius




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