Secretos de una obsesión



Juan José Campanella siempre ha sido un director que ha logrado congraciarse con la crítica más escéptica pero también ha conseguido que el público acabe rendido a sus tiernas, afectuosas y muy cercanas películas donde las relaciones humanas son parte intrínseca del ser humano. De ahí que cualquiera puede verse identificado ya sea hombre o mujer. Pero en 2009 tocó el cielo. Con “El secreto de sus ojos” consiguió virar hacia el thriller más adictivo, pero sin dejar en ningún momento su parte romántica y su vis más intimista. De ahí que las nominaciones y los premios volaran, las arcas de la taquilla subieron como la espuma e hizo que el cine argentino tuviese más renombre que nunca (si es que no lo había conseguido ya). 6 años después,en 2015, Hollywood decide hacer propia la historia de ese “secreto” y convertirla en el típico remake que desde la barrera uno podría creer que ante todo es un claro ejemplo de que nada se le resiste al cine americano. Y si algo fuera de sus lindes tiene éxito, si algo no ha procedido de sus guionistas, si un filme ha podido tener los laureles del César y no cuenta con el conocido “made in America” cree estar en derecho y potestad de hacerlo suyo, aunque sea volviéndolo a hacer. Desde que el cine tiene uso de razón el remake es el plato de cada día.


Dicen que los prejuicios son siempre el enemigo del descubrimiento porque por culpa de ellos muchas veces juzgamos sin conocer y dejamos que sea la crítica preestablecida la que hable en nombre de uno. Cuando se supo que se recurría a un filme bastante reciente la idea generalizada era que dicha acción era una demostración palpable de carecer de ideas para hacer algo que no fuese narrar otra vez la misma historia. El elegido para dicha tarea no es otro que Billy Ray. Es más que probable que el director no le suene de mucho al personal. Y en parte tiene razón. Su filmografía tan sólo cuenta, quitando “El secreto de una obsesión”, de dos títulos en su haber: “El precio de la verdad” (2003) interpretada por el desaparecido Hayden Christiensen y que aquí, por extraño que parezca, resultó bastante acertado y “El espía” (2007) con un Chris Cooper en su salsa (¿y cuando no lo está?). Dos películas que pasaron sin pena ni gloria y que tan sólo los muy cinéfilos puede que lleguen a recordar. Diré que la primera es realmente buena por la sencilla razón de estar rodada con sobriedad y acierto con un tema basado en hechos reales y la segunda es lenta pero segura, de esas películas que dejan la sensación de haber visto algo atractivo pero que quizás el ritmo lento y espeso le pasa un poco de factura.


Lo que está claro es que la esencia de ese tono calmo, de esa realización comedida y esa intención de dar mayor peso a las historias y a los actores que a la acción que pueda necesitar son trasladadas a modo de ecuación o suma de cómputos a este remake. Lógicamente para no tacharla de fotocopia calcada cambiamos la ambientación, la época e incluso el enfoque. Si hay un episodio que ha marcado a fuego a América y del cual no podrá desprenderse por muchos años que pasen ese no es otro que el atentado terrorista a las Torres Gemelas en 2001. El enfoque para esta ocasión es conjugar el thriller clásico junto con la crítica social y política ante el miedo perenne de otro ataque latente. Se juega con el suspense y con unas dosis muy escuetas de acción, pero lo que aquí importa realmente e impera por encima de todo es el ver como el FBI no duda en seguir su protocolo de acción pese a quien pese y sin importar los daños colaterales que ello pueda acarrear. De ahí que uno de los elementos que más controversia o dilema moral crea es aquel donde el jefe del departamento, interpretado por Alfred Molina, decida mirar hacia otro lado o dejar pasar por alto las acciones deleznables del soplón infiltrado en la mezquita por tal de conseguir mantener a salvo toda una nación. Porque lo que él pueda conseguir en nombre del país es mucho más importante que el dolor y la desgracia de sus compañeros. Son pocas las escenas donde aparece Molina, pero desde luego son las más moralmente criticables y las que quizás dan mayor juego por lo que representan y por lo que significan.


Billy Ray deja que sus actores hagan lo que puedan sin perder ni un ápice de compostura ni dignidad. Nicole Kidman ofrece un papel encomiable, Julia Roberts consigue ser la mejor actuación (ayudada también por un maquillaje que la envejece más de la cuenta para darle el peso dramático necesario) y Chiwetel Ejiofor transmite la calma y la conciencia necesaria para ofrecer, como siempre hace, un papel hecho a su medida sin resultar forzado o poco inspirado. El director logra conseguir que los actores estén al servicio de la historia y a su vez no desfallezcan en el intento. Lógicamente, al caer sobre el papel de Julia Roberts los momentos más dramáticos y los que exigen una galería de emociones mucho más expuesta al dolor y soledad son sus escenas las más conseguidas y las que logran captar toda la atención como por ejemplo ese momento donde descubre el cuerpo de su hija sin vida en el contenedor. No vemos el cadáver, tan sólo la reacción de ella, pero hay un despliegue de emociones tan dramáticas que en ese momento logra despojarse de su papel de estrella y ofrece el dolor en estado puro necesario. O la escena del ascensor, muy parecida a la del original pero que aquí, aun siendo más comedida sigue resultando igual de creíble.


Haciendo mención especial a la forma, uno de los momentos más recordados de la versión del 2009 fue la escena rodada en el campo de fútbol pues ahí se demostró una pericia técnica impresionante, logrando ofrecer un ejercicio de estilo perfecto que emulaba las cabriolas de los grandes directores y conseguía ser la guinda del pastel en lo que a aspecto visual se refiere. Aquí, por desgracia, no hay ese acierto ni esa escenificación tan efectista (y efectiva). De ahí se desprende que es una película que quiere resultar comedida, correcta y sin querer igualar o sobre pasar los logros de la versión de Campanella. Es más, está demostrado que Ray quiere darle mayor énfasis, profundidad y calado a la parte moral, a la parte humana, a la parte que nos hace colocarnos en la parte media de la balanza, pero a su vez jugar de forma concisa con el género del thriller. También hay que añadirle que perteneciendo al género antes mencionado es un filme lento, que se toma su tiempo entre escena y escena, que no necesita apretar el acelerador para llegar al meollo de la cuestión ni a la sorpresa final, esa que siempre resuelve el puzle y que pretende, además, dejar impresionado a la persona que no conozca la obra original.


Es la escena final la que intenta convertirse en el distintivo y en el punto y aparte en comparativa con la obra de Campanella. Sin desvelar cuál es esa sorpresa y qué la hace tan llamativa indicar que mientras que la versión del 2009 mantiene el objetivo sobre mantener el dolor más allá de un castigo esta versión del 2015 no puede evitar ser partícipe de la idiosincrasia del cine americano, el ajuste de cuentas rápido y sin mayor pretensión que solucionar el problema, ya sea físico o emocional y moral, de la forma más rápida y cinematográfica posible. Ray deja en el aire la duda de qué opción es mejor.


Al final somos nosotros mismos los que tenemos que decidir si aceptamos y claudicamos hacia una opción u otra. Porque según se mire el peso de la venganza no liberta a quien la ejecuta, sino que más bien lo esclaviza como puede demostrar la opción de “El secreto de sus ojos”. Estamos ante un director que, con mano firme, pero con la templanza necesaria ofrece un filme serio y sobrio, de actores entregados y de guion bien trabajado, que logra ahondar en cómo quedan afectadas las relaciones humanas después de una desgracia, cómo las amistades ya no vuelven a ser las mismas y desde luego consigue reformular la opción de qué es mejor si un castigo perpetuo o uno inmediato según la persona afectada y el daño infligido.
Chaquetaverde

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