El secreto de sus ojos.




Cómo se hace para explicar el sentimiento que se genera cuando una película lo tiene todo. Cuando durante sus 128 minutos recorre las más representativas emociones humanas con una naturalidad, una frescura y una exactitud que por su veracidad y capacidad de síntesis nos asombra, nos alegra, nos conmueve, nos aterroriza y nos llena de bronca e indignación.


Cómo describir un filme, como el de Campanella, que como una montaña rusa nos sacude, nos zamarrea del presente al pasado, del pasado al presente, de nuestra historia más oscura, de nuestro ayer más tenebroso a nuestro hoy más inerte, mas vacío e indiferente sin avisarnos, sin anestesia, sin siquiera darnos demasiados indicios más que la mayor o menor barba de Ricardo Darín y sus incipientes arrugas mediante un maquillaje fabuloso.


Cómo se hace para explicitar lo que se siente cuando uno presencia la secuencia fílmica más larga de la historia del cine argentino sin cambios de plano alguno, que compone la maravillosa, solemne entrada al “Palacio Tomas A. Ducó”, el estadio del club Huracán, la avalancha en la tribuna del Racing Club por el gol de la academia (se me pone la piel de gallina por la poderosa representatividad del pasional espíritu argentino que la escena contiene), y la posterior persecución del presunto asesino entre las resquebrajadas paredes del estadio.


Cómo se hace para calificar un reparto fabuloso, compuesto por un Darín que nos transmite todo lo que le sucede en su interior con una sobriedad, una corrección, una calma exterior que nos deja sin palabras (la escena del careo con el abogado Romano es sencillamente sensacional), una Soledad Villamil que con “el secreto de sus ojos” y casi sin emitir palabra nos enamora, y un Guillermo Francella para los anaqueles de la actuación universal con una interpretación tan entrañable como deprimente, tan tierna como alocada, tan solidaria como soberbia.


Cómo se hace para explayar el sello de Campanella, ese tobogán de sensaciones por el que nos traslada en sus cintas (el hijo de la novia, Luna de Avellaneda) que no se esfuma ni se contiene siquiera en un filme tan oscuro y con una historia tan putrefacta de fondo como el que su última producción contiene. Lástima Juan José que como tus características artísticas también lo indican te cueste demasiado el cierre, la conclusión de todo lo sucedido en una vertiente que con la misma armonía con la que se desarrollaron las dos horas anteriores culmine magistralmente tan hermosa obra, pues en su desenlace aparece quizá el punto más flojo (y el único) del filme que demasiado expuesto queda ante tanta precisión contenida en sus anteriores secuencias.


Un detalle que no opaca el brillo de sus ojos, los suyos, si, los del espectador, que al final de la película no podrá creer haber sido testigo de semejante huracán de sensaciones. Pues “El Huracán Campanella” sopló una vez más y su confirmación como el director argentino más grande de la historia ya no merece discusión.


Desde ya, mi película favorita de todos los tiempos, "El secreto de sus ojos" se me desvela como un batiburrillo de emociones incesante de dos horas, y eso, amigos de Master card, si que no tiene precio. Si, además, la academia de cine USA le da un Oscar...


Adaptando una novela de Sacheri, récord en ventas allende los mares, la película gira alrededor de dos ejes conectados que reflexionan sobre cosas tan grandes como el Amor, así con mayúsculas, la pasión, la venganza y la justicia de manera absolutamente brillante y deslumbrante.


Nada sobra en la cinta. Nada falta. Y nada queda sin sujetar.

"El secreto de sus ojos" pasa sin ningún tipo de complejo ni miramiento del momento desternillante a la más pura de las emociones dejando al espectador sin resuello, feliz, que no complacido, y sobresaltado. Los actores, en absoluto estado de gracia dan una lección de interpretación pura, de esa que sale de las entrañas y duele al espectador imbuido por completo ya no en la trama, sino en la subtrama, en el trasfondo...


En serio, no recuerdo haber experimentado sensaciones iguales jamás, y mira que he tragado cine de todo tipo. Soledad Villamil, de infarto, habla más con los ojos que con la boca, milagro foniatra donde los haya, y Pablo Rago encarna uno de esos personajes que merecen, sin duda alguna, pasar a los anales de la Historia del Cine, de ese cine que se deja querer casi sin planteárselo, de ese cine que cada vez abunda menos.


Y ahora, horas después de haberla visto, de haberla disfrutado, sé que tiene momentos, secuencias, instantes que nunca voy a olvidar.
Para muestra un botón. Un abotonamiento mas bien:
- Una máquina de escribir que no teclea las aes en palabras tan sustanciales como el verbo Amar.
- Una secuencia, arranque-acercamiento al estadio de fútbol, de lo mejor que se ha rodado jamás.
- Unos ojos que demuestran amor puro, sin el lastre que supone lo obligado y cotidiano.
- La sencillez de lo cómico y lo cruel.
- Dos historias de amor en paralelo, marcadas por la pasión interrumpida, una sin solución y la otra quién sabe.
- El final más romántico, emocionante, CLÁSICO y alentador que recuerdo...
- El paso de la risa al llanto tan bien planeado, dirigido.
- Dos horas de goce y satisfacción absoluta. Brillante.


Nunca he sido fan de Campanella, desde su debut con "El niño que gritó puta", y tampoco de su trilogía improvisada de lágrima fácil que ahora me veo obligado, obligadísimo a revisar, pero su estreno en el cine negro me parece lo más fresco, amable, profundo y perfecto de los últimos años. Una obra maestra de visión necesaria.
Obligatoria.


Hablar de lo mejor y lo peor sería redundante. Todo y nada. Con eso basta.
Y si pueden lean el libro de Sacheri, aunque es bastante distinto a la película.
Por supuesto, léanlo después de ir al cine, o verla en su TV.
Darmathu

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