La forma del agua




En ocasiones, lo monstruoso no concuerda con lo obvio. Cuando tal cosa ocurre, se trasluce algo más terrorífico que cuando lo monstruoso es perceptible a simple vista. Y, más todavía, cuando lo monstruoso se consensua como parte de la normalidad y lo ampliamente aceptado, lo institucionalizado, lo, en teoría, legítimo. De eso y de mucho más habla 'La forma del agua', la última película de Guillermo del Toro, la concurrente a los próximos Oscar con más nominaciones —que no posibilidades— bajo el brazo. Una apuesta sorprendente no por falta de calidad, sino por el género —una fábula fantástica— y la propuesta en sí, que 'a priori' uno no identificaría con los gustos de la Academia. Pero tampoco era la apuesta favorita en el Festival de Venecia, donde acabó alzándose con el León de Oro.



En 'La forma del agua', Del Toro vuelve a demostrar su fascinación por 'el lado humano' —¡qué expresión más paradójica! — de una criatura heredera del imaginario de la Universal, esta vez un hombre anfibio (Doug Jones) encarcelado en unas instalaciones secretas en Estados Unidos a principios de los años sesenta, en plenas fricciones entre la URSS y Estados Unidos. El director vuelve a proponer una fábula moderna, ese espacio gris entre la posibilidad y el sueño, contado con la delicadeza y la cadencia de un cuento de hadas. La suspensión de la incredulidad comienza con la bella durmiente flotando en el agua, y con la voz del narrador que avisa: como en la fábula, no importa si lo que cuenta ocurrió o no. Lo que importa es la analogía que el espectador puede extraer del relato.


Como una Amélie más gótica y, desde luego, menos convencional, Elisa (Sally Hawkins) es pequeña y aparentemente frágil, huérfana y muda. Una trabajadora de la limpieza en un entorno dominado por científicos y militares. Una mujer en un mundo de hombres. Es decir, invisible. Pero también fundamental para su limitado círculo íntimo de aquellos que han sabido mirar más allá de, pues eso, lo obvio. El primero, su vecino (Richard Jenkins), un antiguo ilustrador publicitario al que la fotografía ha dejado en la cuneta de la autopista laboral; un zapato viejo y solitario —para más inri, gay— que tiene en Elisa a su mayor confidente. La segunda, Zelda (Octavia Spencer), su compañera de trabajo, afroamericana en una sociedad previa a la lucha por los derechos civiles, una mujer extremadamente locuaz acostumbrada al mutismo de sus interlocutores.



Con la Guerra Fría en su punto más caliente, al laboratorio en el que trabaja Elisa llega la extraña criatura, una especie de hombre anfibio similar al monstruo de la laguna, un proyecto secreto con el que el Gobierno pretende adelantar a los rusos en la carrera armamentística, científica y genital. A cargo del experimento está el agente Strickland (Michael Shannon), la concentración andante de todos los defectos del hombre autoritario: engreído, misógino, violento y poco dado a escuchar a los demás. E, ironías de la vida de un laboratorio militar: por muy ultrasecreto que sea un experimento, siempre necesitarás que alguien limpie el suelo y vacíe las papeleras, y gracias a que la limpieza es tarea de mujeres, al final la trabajadora de saneamiento acaba teniendo acceso al mismo lugar que el rango mayor de la cartera de Defensa.


Volviendo a la obviedad o no de lo monstruoso, Elisa descubre que el hombre anfibio es capaz de comunicarse, tiene sentimientos y solo responde violentamente a quienes utilizan la violencia con él. Los militares del laboratorio —no así el mundo científico— lo consideran una criatura primitiva, sin raciocinio ni inteligencia, solo por ser incapaz de hablar su mismo idioma. Y en esta incomprensión e incomunicación del mundo circundante se ve identificada Elisa. Ambos comienzan entonces una relación basada en la curiosidad y en el juego, primero, para luego descubrir la posibilidad de una conexión mucho más profunda de lo que las apariencias adivinarían. Del Toro y su coguionista, Vanessa Taylor ('Si de verdad quieres...', 'Divergente'), plantean la posibilidad del amor a pesar de la diferencia, la bondad de encontrar los puntos de unión en vez de resaltar las disparidades.


Del Toro deja a un lado el estilo de superproducción palomitera de su aterrizaje en Hollywood y confecciona una película más artesanal, más íntima, más cercana conceptualmente a 'El laberinto del fauno' o 'La cumbre escarlata' que a 'Pacific Rim' o 'Hellboy'. En 'La forma del agua' hay fe en la humanidad. Hay amor por la vida, por el cine, amor por el amor.
Hay una admiración casi infantil por los iconos del espectáculo de la época —más naífs, menos descreídos que hoy—, por la vida analógica y el mundo de los sueños, con ciertos guiños que recuerdan al Jeunet primero —como encontrarle la belleza a un incendio en una fábrica de chocolates—. Todo envuelto en el diseño de producción de Paul D. Austerberry y en la fotografía de Dan Laustsen, que dejan atrapado al espectador en el limbo entre lo teatral y lo onírico.


Con el paso de los encuentros, el hombre-anfibio y Elisa se adentran en una relación cada vez más íntima, mientras los jefazos del laboratorio deciden acabar con el monstruo: no interesa aquello que se pueda aprender de él —"en algunas culturas lo consideran un dios", explican— sino acabar con una posible amenaza y evitar que los rusos descubran los resultados de sus experimentos. No hay interés por el conocimiento; todo es cuestión de poder. Como el poder representado por el agente Strickland, que se siente atraído por el mutismo de Elisa, porque la mujer, mejor callada y sumisa. 'La forma del agua' acaba siendo, a pesar de los pesares, un cuento entrañable y humano, una de esas experiencias cinematográficas que, a pesar de su melancolía, reconcilian con algo —no sabría decir con qué— y abrigan con una sencilla calidez.
El Confidencial

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